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Surely Tomorrow – 경도를 기다리며

  • hace 7 horas
  • 12 Min. de lectura
El mañana no llega solo: a veces hay que salir a buscarlo, aunque duela.


Introducción


Hay series que se sienten como una primera cita torpe y luminosa, y otras que se parecen más a reencontrarte con alguien que un día fue tu casa y ya no sabes si lo sigue siendo. Surely Tomorrow (Tal vez mañana) pertenece a esta segunda categoría: un romance adulto sobre dos personas que ya se hicieron daño, que ya se marcharon dos veces, y que aun así vuelven a encontrarse cuando la vida es bastante menos sencilla que a los veinte.

Emitida por JTBC y construida con un ritmo de “marea” (sube, baja, vuelve), la serie juega con una estructura de recuerdos que no funcionan como simple nostalgia: funcionan como prueba. Porque aquí el pasado no es bonito por defecto. Es un lugar donde también se rompió algo.

Y por eso, aunque no sea el tipo de drama que te da fuegos artificiales cada diez minutos, sí es de esos que se quedan. No por lo que grita, sino por lo que deja en silencio: la culpa, el miedo, las cosas que no se dijeron, el modo en que a veces confundimos huir con proteger.

Esta entrada nace también de algo muy personal. Antes incluso de conocer la historia, lo primero que supe de la serie fue que Park Seo‑joon estaba grabando en Málaga. Y ese rodaje dejó un recuerdo que para mí será siempre especial: alguien importante en mi vida tuvo la suerte de ver a su ídolo allí, de estar casi “detrás de cámaras” en una de las escenas que luego veríamos en pantalla. Desde ese momento, la serie dejó de ser solo un estreno más; se convirtió en algo conectado a un recuerdo real y cercano. Por eso quiero mirarla con calma: repasar su sinopsis sin destripes, entrar en sus personajes, detenerme en su estética y su OST, y sobre todo subrayar los temas que la atraviesan… hasta llegar a esa sensación final, cuando el último capítulo te deja con una pregunta en el pecho.



Sinopsis


Lee Gyeong‑do es reportero en la sección de entretenimiento de un periódico. Su trabajo consiste en perseguir rumores, escándalos y titulares sobre celebridades, en una industria donde la verdad suele mezclarse con la prisa, los intereses y el morbo.

Un día le encargan investigar un caso de infidelidad que salpica a un hombre poderoso. Cuando empieza a tirar del hilo, se encuentra con un nombre que le corta la respiración: Seo Ji‑woo, su ex.

Gyeong‑do y Ji‑woo se conocieron con veinte años en un club de teatro universitario. Allí vivieron su primer gran amor. Rompieron una vez. Años después, a los veintitantos, lo intentaron de nuevo… y volvieron a romper.

Lo que para cualquiera podría haberse quedado en un recuerdo doloroso, para ellos se convierte en un círculo que el destino parece empeñado en cerrar. Porque el reencuentro no llega en una cafetería bonita ni en un “qué tal te va la vida”, sino en un titular que la deja expuesta ante el mundo.

A partir de ahí, la serie va alternando tres tiempos (veinte, veintiocho y presente) para construir un puzzle emocional: no solo entender qué pasó, sino entender por qué. Y sobre todo: qué queda de ese amor cuando las decisiones y las cicatrices ya han cambiado a los dos.



Personajes principales y secundarios


Lee Gyeong‑do — El reportero que siempre llega tarde a sí mismo


Lee Gyeong‑do, interpretado por Park Seo‑joon, es, en apariencia, un hombre corriente: trabaja, sobrevive, intenta hacer lo correcto en un sistema que premia los clicks y castiga la humanidad. No es el “hombre perfecto” ni el arquetipo de chaebol que el propio Park popularizó en otros dramas. Es alguien que se equivoca, que se queda callado cuando debería hablar, que se protege con distancia porque el mundo ya le enseñó que sentir tiene precio.

En los flashbacks universitarios lo vemos más blando, más impulsivo, más sincero. Le gustaba el teatro porque el escenario permitía decir cosas que en la vida real daba vergüenza confesar. El Gyeong‑do del presente, en cambio, mide cada palabra: ya no improvisa, calcula. Y eso es una tragedia pequeña: se ha vuelto experto en describir la vida de otros, pero le cuesta nombrar la suya.

Su conflicto central no es solo profesional (el dilema de publicar o no publicar), es íntimo: darse cuenta de que su neutralidad también hiere. Que “yo solo hago mi trabajo” es una frase cómoda… hasta que el daño tiene el nombre de alguien a quien amaste.


Seo Ji‑woo — La mujer que aprendió a aguantar demasiado


Ji‑woo, interpretada por Won Ji‑an, es un personaje que primero parece “perfecto” en el sentido más doloroso de la palabra: la esposa correcta, la sonrisa correcta, el papel correcto. Pero Surely Tomorrow va revelando las fisuras.

En los recuerdos universitarios era luminosa, con humor, con esa ligereza de quien todavía no sabe cuántas veces se puede romper por dentro. En el presente, en cambio, ha aprendido a callar, a aguantar, a justificar, a sobrevivir en una estructura donde el matrimonio es imagen pública y la mujer es pieza de tablero.

Lo bonito es que la serie no la pinta como víctima impecable ni como villana. Ji‑woo también huye, también se protege, también elige mal. Pero su arco tiene algo muy real: el momento en que una persona se da cuenta de que ha vivido demasiado tiempo como “rol” y muy poco como “ella”.


La relación — Un amor contado en tres tiempos


El corazón de la serie está en cómo cuenta esta relación en capas: primero el enamoramiento de los veinte; luego el reencuentro de los veintiocho (cuando ya hay heridas y orgullo); y finalmente el presente, donde el amor existe… pero está rodeado de consecuencias.

La química aquí no es de coqueteo juvenil. Es de conversación incompleta, de silencios con historia, de “me sé tu cara” mezclado con “ya no sé quién eres”. Hay escenas donde la tensión no está en una frase romántica, sino en un gesto mínimo: una pausa antes de llamar a alguien por su nombre, una mirada que aguanta demasiado, un recuerdo que vuelve sin permiso.

Lo interesante es que la serie no te vende la idea de “esta vez sí porque sí”. Te muestra el desgaste. Te pregunta: ¿cuántas oportunidades puede sostener un amor sin convertirse en costumbre, en culpa o en nostalgia?


El elenco alrededor — Amigos, trabajo y familia como presión constante


El círculo de amigos del pasado universitario actúa como un espejo del “antes”: lo que eran, lo que soñaban, lo que se prometieron sin saber. En el presente, cada reencuentro con esos amigos es un recordatorio de que el tiempo no solo cambia a las personas… también cambia el significado de lo que juraste.

Y luego está la presión del mundo adulto: redacciones, juntas, familias que confunden reputación con valor, y un entorno donde todo se convierte en “escándalo” antes de convertirse en “dolor”.

Aquí no hay un villano caricaturesco. Hay estructuras. Hay gente gris. Hay decisiones egoístas que se disfrazan de “responsabilidad”. Y eso es lo que hace que el conflicto se sienta tan real.



Estilo visual y sonoro


Visualmente, Surely Tomorrow es sobria, pero no fría sin intención. La serie trabaja la imagen como si la cámara también tuviera una opinión sobre lo que sienten los personajes. No solo registra lo que ocurre: comenta, subraya, distancia.

Seúl suele sentirse rígida y aséptica. Abundan las líneas rectas, las oficinas de cristal, los pasillos largos, las salas donde todo parece limpio… y al mismo tiempo asfixiante. Hay mucha transparencia física (paredes de vidrio, mesas pulidas, luz blanca), pero muy poca transparencia emocional. Los encuadres dejan huecos deliberados: mesas que separan, columnas que parten el plano, puertas entreabiertas que colocan a los personajes en lados opuestos. Visualmente te están diciendo lo mismo que la trama repite: han pasado años… y todavía hay algo entre ellos.

El pasado universitario, en cambio, aparece con una calidez distinta: luz más suave, textura ligeramente nostálgica, escenarios donde todavía hay caos joven (teatro, azoteas, pasillos de campus). No porque el pasado fuera perfecto, sino porque el recuerdo lo ilumina… aunque por dentro ya sepamos que ahí también se rompió algo.

Y luego está Málaga. Para mí, uno de los motivos por los que quise ver la serie. Málaga funciona como contraste emocional: luz cálida, espacios abiertos, aire. Frente a la opresión geométrica de Seúl, aquí la cámara respira. Las calles no encuadran, acompañan. La arquitectura no encierra, expande. Es casi como si la serie dijera: a veces, para sanar, necesitas salir del lugar donde te rompiste. Málaga no es solo un escenario extranjero; es un estado mental, un paréntesis donde el tiempo se suspende y el personaje puede reconstruirse sin el peso constante del juicio social.

Otro recurso muy llamativo es el uso de distintos encuadres y relaciones de aspecto para separar estados emocionales. El presente se siente más directo, más realista, casi documental en su frialdad. En cambio, ciertos recuerdos y momentos íntimos adoptan un tono más cinematográfico, como si el mundo se cerrara alrededor de ellos y solo existieran dos personas en ese plano. Esa compresión visual hace que el espectador sienta que está entrando en un espacio emocional, no solo en una escena.

Hay un recurso que destaca especialmente: la distancia en el encuadre. Muchas escenas colocan a Gyeong‑do y Ji‑woo separados por cristales, pasillos, marcos de puertas, escaleras o incluso simples cambios de profundidad de campo. A veces están en la misma habitación, pero la composición insiste en que no están en el mismo lugar emocional. Esa insistencia visual convierte el espacio en metáfora: la distancia no es solo física, es el tiempo, el orgullo, las decisiones no habladas.

En lo sonoro, el drama es igual de contenido. Muchas escenas se sostienen con silencio: el murmullo de una redacción, el zumbido del móvil, el ruido de una puerta, la lluvia fuera. Cuando entra la música, lo hace para subrayar decisiones importantes, no para rellenar emoción. La ausencia de exceso musical refuerza la sensación de que lo importante no es lo que explota… sino lo que pesa.



Banda sonora


La música en Surely Tomorrow funciona como una marea suave: sube, baja, vuelve… igual que la relación. No es un OST pensado solo para ser hit; es un OST pensado para pegarse a escenas concretas.

Entre las canciones más destacadas está “When Love Comes Late” (사랑은 제시간에 도착하지 않아), interpretada por Kim Daniel. Es una de las piezas centrales del drama y encapsula perfectamente su esencia: el amor que llega fuera de tiempo, el sentimiento que no desaparece pero tampoco encaja en el momento adecuado. Su tono melancólico acompaña especialmente las escenas donde pasado y presente se superponen.

Otra canción clave es “Everyday” (매일 이렇게) de EJel, que suele aparecer en los momentos más cotidianos y sentimentales. No acompaña grandes explosiones dramáticas, sino gestos pequeños: una conversación en silencio, una mirada que se alarga, una rutina compartida que parece insignificante pero lo dice todo.

También destaca “Universe” (나의 우주) interpretada por Kwon Jin Ah. Su voz aporta una profundidad emocional muy particular, casi susurrada, ideal para las escenas más introspectivas. Cuando suena, la serie parece detenerse un segundo y recordarnos que, para los protagonistas, el otro fue —y quizá sigue siendo— su pequeño universo.

Hay temas que evocan la nostalgia millennial (esa era de MP3, auriculares con cable, recuerdos que suenan como si estuvieran guardados en un dispositivo viejo). Y hay canciones que funcionan como “segunda voz” cuando el personaje no puede decir lo que siente.

Una de las ideas más bonitas es cómo ciertas melodías se asocian al teatro universitario y a la promesa original: esa promesa que suena romántica a los veinte y se vuelve dolorosa cuando pasan los años.

Si te quedas con el OST después de verla, no es tanto por un estribillo pegadizo… sino porque cada nota te devuelve a una escena concreta: una despedida, una renuncia, un “te vi” que llegó tarde.



Temas centrales


El tiempo como personaje: lo que fuiste, lo que eres, lo que todavía deseas


La serie insiste en algo fundamental: el amor no ocurre en vacío. Ocurre en el tiempo. Y el tiempo no es neutro; transforma, desgasta, redefine. Lo que a los veinte era una “promesa eterna” dicha en una azotea universitaria, a los treinta y tantos puede sentirse como una deuda pendiente, como un recuerdo que pesa más de lo que ilumina.

El tiempo no solo cambia las circunstancias externas —trabajos, matrimonios, ciudades—; cambia la forma en que interpretamos lo vivido. Una frase que antes sonaba romántica puede convertirse en reproche. Una ausencia que se justificó como “sacrificio” puede verse años después como huida. Y ahí es donde la serie profundiza: no idealiza el pasado, lo examina.

El drama no se pregunta únicamente si siguen enamorados. Esa sería la versión sencilla. La pregunta real es más incómoda: ¿son compatibles con las personas en las que se han convertido? ¿Puede sobrevivir un amor cuando quienes lo sostienen ya no son los mismos? Porque querer no siempre basta. A veces el desafío no es recordar lo que sentías… sino aceptar que ahora sientes desde otro lugar.


Salud mental y formas de huir


Aquí entra la parte que a mí me parece más humana y más incómoda a la vez.

La serie muestra distintas formas de huir, pero no las señala con el dedo; las expone con una honestidad casi silenciosa. Refugiarse en el trabajo hasta convertirlo en identidad. Beber para anestesiar lo que no sabes nombrar. Responder con ironía cuando lo que quieres es llorar. Escudarte en la “dignidad” para no admitir que en realidad estás muerto de miedo. Callar para no molestar. Alejarte para no necesitar.

Y ahí está lo más doloroso: muchas de esas huidas nacen de un deseo genuino de proteger. Proteger al otro. Protegerse uno mismo. Proteger el recuerdo de lo que fue hermoso. Pero el drama deja claro algo devastador: cuando la protección se convierte en costumbre, termina siendo otra forma de abandono.

Gyeong‑do se esconde detrás de la ética profesional, del “estoy haciendo lo correcto”, cuando en el fondo teme enfrentarse a lo que todavía siente. Ji‑woo se esconde detrás del papel de esposa correcta, de la compostura impecable, cuando lo que teme es volver a romperse como a los veinte. Ambos creen que distanciarse es madurez. Que contenerse es responsabilidad. Que esperar es nobleza.

Pero la serie plantea una pregunta muy directa: ¿y si esa forma de proteger también es una forma de huir? ¿Y si el silencio prolongado no cuida, sino que erosiona? ¿Y si lo que llamamos sacrificio es, en realidad, miedo a mostrarnos vulnerables?

Lo más potente es que el drama no moraliza. No convierte la huida en pecado ni la debilidad en defecto. La muestra como herida: como una estrategia aprendida después de haber sufrido demasiado. Y precisamente por eso duele tanto verla. Porque es fácil reconocerse ahí. En el mensaje que no enviaste. En la llamada que retrasaste. En el orgullo que confundiste con autocuidado.

Surely Tomorrow sugiere que sanar no es dejar de sentir miedo. Es aprender a no esconderte detrás de él. Y que el verdadero coraje no siempre es resistir solo… sino permitir que alguien vea tu fragilidad sin que eso te avergüence.


Segundas oportunidades… y la posibilidad de que no haya terceras


El tercer intento no viene con garantía de final feliz. Y eso es precisamente lo que hace que la serie tenga una tensión honesta, incómoda, casi adulta. No hay música que asegure que esta vez todo saldrá bien. No hay destino romántico que lo justifique todo. Solo hay dos personas que ya se hicieron daño y que saben, con total claridad, dónde están las grietas.

Porque madurar, a veces, no es “volver y ya”. Madurar es volver sabiendo exactamente qué te puede romper… y aun así decidir si quieres asumir ese riesgo. Es reconocer tus patrones, tus silencios, tus formas de huir. Es entender que el amor no fracasa solo por falta de intensidad, sino por falta de valentía emocional.

La serie no romantiza la repetición; la examina. ¿Cuántas veces puedes intentar lo mismo antes de convertirlo en autoengaño? ¿Cuándo insistir es esperanza y cuándo es incapacidad de soltar? Esa incertidumbre es lo que sostiene el último tramo del drama: no estamos viendo a dos jóvenes impulsivos, sino a dos adultos que saben que un error más puede ser definitivo.

Y ahí está el verdadero peso del tercer intento: no es la ilusión ingenua de “esta vez será diferente”, sino la conciencia plena de que podría no serlo. Volver, aquí, no es comodidad. Es exposición. Es quitarse la armadura sabiendo que el otro ya conoce dónde duele más.



Lo que enseña la serie


Que el primer amor puede marcarte profundamente sin necesidad de convertirse en la única historia que define toda tu vida; que pedir perdón no siempre repara lo que rompiste, pero sí puede ser el primer gesto consciente para dejar de repetir el mismo patrón; que el trabajo, por importante que sea, no debería convertir a las personas que quieres en daño colateral aceptable; que salir de una relación rota no te convierte en un fracaso, sino en alguien que se permitió reconocer que merece algo distinto; y que huir puede sentirse como protección… pero, en el fondo, muchas veces no es más que miedo disfrazado de prudencia.



Reflexión final


Surely Tomorrow no es un drama para ver “mientras haces otra cosa”. Tiene un ritmo pausado, incluso obstinado, que te obliga a quedarte con los personajes cuando lo único que hacen es respirar, mirar, tragarse palabras.

A mí me dejó pensando mucho en la idea de “llegar tarde”. Tarde a una conversación, tarde a una disculpa, tarde a admitir lo que sentías. Y también me dejó pensando en lo que tú mismo dijiste alguna vez, y que aquí vuelve con fuerza: que a veces usamos la ausencia como protección.

Porque puede ser que sí: que a veces lo que llamamos sacrificio es una forma elegante de huida. Que te vas “para no hacer daño”, pero el otro lo vive como una puerta cerrada. Que no dices “te necesito” porque te da miedo parecer débil… y al final te quedas solo.

Y quizá por eso la serie emociona: porque habla de esa fragilidad adulta, de ese orgullo que se disfraza de cuidado, de esa verdad incómoda de que amar bien no siempre es amar mucho… es amar de una forma que no destruya.

No sé si todo el mundo se enamorará de esta historia; entiendo a quien sienta que los flashbacks son demasiados o que ciertos conflictos externos distraen. Pero si entras en su frecuencia, tiene algo precioso: trata las segundas oportunidades sin venderlas como magia. Reconoce el desgaste. Y aun así, deja una rendija de luz.

Y cierro, como siempre, con una pregunta:


Si el pasado llamara a tu puerta en forma de un amor que ya rompiste dos veces, ¿volverías a abrirle… o elegirías, por fin, caminar hacia tu propio mañana?



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