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Past Lives

hace 3 horas
44 min de lectura

Vidas pasadas


Greta Lee · Teo Yoo · John Magaro


Hay personas que dejan de formar parte de nuestra vida, pero nunca desaparecen completamente de nuestra historia. Y quizá crecer consista en aprender que podemos seguir queriendo aquello que dejamos atrás sin renunciar a todo lo que todavía nos queda por vivir.



Introducción


Hay películas que necesitan grandes acontecimientos para emocionarnos y otras que consiguen hacerlo con algo tan sencillo como dos personas caminando en silencio por una calle. Past Lives, conocida en España como Vidas pasadas, pertenece a las segundas. No es una historia de amor construida alrededor de grandes declaraciones, discusiones dramáticas o decisiones desesperadas. Es una película sobre el tiempo, las oportunidades que dejamos pasar, las personas que un día formaron parte de nuestra vida y esa pregunta que probablemente todos nos hemos hecho alguna vez, aunque no siempre nos guste reconocerlo: ¿qué habría ocurrido si hubiéramos tomado una decisión diferente?


Escrita y dirigida por Celine Song, esta producción estadounidense con participación surcoreana se estrenó en 2023 y supuso el debut cinematográfico de una directora que hasta entonces había desarrollado buena parte de su carrera en el teatro. Protagonizada por Greta Lee, Teo Yoo y John Magaro, la película consiguió algo que me parece especialmente difícil: construir una historia profundamente romántica sin necesidad de convertir el amor en una fuerza capaz de justificar cualquier decisión. Aquí los sentimientos importan, pero también las responsabilidades, las circunstancias, el paso de los años y las vidas que hemos ido construyendo mientras otras posibilidades desaparecían. No existe un villano que impida la felicidad de los protagonistas, ni una relación que pueda considerarse automáticamente equivocada porque otra persona haya regresado del pasado.


Antes incluso de hablar de Nora, Hae Sung y Arthur, quiero detenerme en una frase que aparece prácticamente al comienzo y que consiguió quedarse conmigo cuando apenas llevaba seis minutos de película. La madre de Nora está explicando que la familia abandonará Corea del Sur para emigrar a Canadá. Su decisión sorprende a una amiga, especialmente porque ambos padres poseen una vida profesional y artística en su país. ¿Por qué marcharse cuando aparentemente ya tienen tantas cosas? Entonces ella responde algo tan sencillo como profundo: «Si dejas algo atrás, también ganas algo».


Recuerdo que, al escucharla, pensé inmediatamente que ojalá fuera capaz de aplicar esa idea más a menudo a mi propia vida. Porque entenderla racionalmente resulta relativamente sencillo. Todos sabemos que los cambios pueden abrir nuevas posibilidades, que abandonar un lugar no significa necesariamente equivocarse y que algunas despedidas forman parte del camino que nos lleva hacia otras experiencias. Pero una cosa es comprenderlo y otra muy diferente conseguir sentirlo cuando aquello que dejamos atrás fue importante. Cuando hablamos de una persona a la que quisimos, de una relación que imaginábamos duradera o de una versión de nuestra vida que todavía nos habría gustado conservar, avanzar puede llegar a sentirse como una especie de traición hacia todo lo vivido.


Lo que más me gusta de esa frase es que la madre de Nora no afirma que aquello que ganaremos será mejor. Tampoco dice que debamos alegrarnos por todas nuestras pérdidas ni que renunciar a algo importante tenga siempre una recompensa equivalente. Simplemente reconoce que ambas cosas pueden convivir. Podemos perder y ganar al mismo tiempo. Podemos echar de menos aquello que ya no existe y, aun así, construir una vida que también merezca la pena. Podemos recordar con cariño a alguien que dejó de estar a nuestro lado sin convertir ese recuerdo en una obligación de permanecer emocionalmente detenidos.


Y creo que Past Lives dedica sus aproximadamente 105 minutos a mostrarnos lo difícil que puede resultar vivir de acuerdo con esa idea.


La película comienza con Na Young y Hae Sung, dos niños que crecen juntos en Seúl y comparten una amistad donde ya aparecen los primeros indicios de algo parecido al enamoramiento. Son compañeros de clase, compiten por conseguir las mejores notas y se buscan con esa naturalidad propia de la infancia, cuando todavía no sabemos que algunas personas terminarán convirtiéndose en recuerdos mucho antes de que podamos comprender lo que significaban para nosotros. Cuando la familia de Na Young decide emigrar, ambos se separan sin entender realmente la dimensión de aquella despedida. Son demasiado jóvenes para imaginar lo que significan doce años, mucho menos veinticuatro.


La estructura de la película nos permite reencontrarlos en tres momentos diferentes de sus vidas: la infancia que compartieron, la juventud en la que intentan recuperar el contacto mediante internet y la edad adulta, cuando finalmente vuelven a verse en Nueva York. Celine Song utiliza esas dos grandes separaciones de doce años para recordarnos algo que resulta bastante incómodo: el tiempo no solamente cambia las circunstancias de una relación; también transforma a las personas que forman parte de ella. El Hae Sung que vuelve a encontrarse con Nora no es exactamente el niño que ella conoció en Corea, del mismo modo que Nora ya no es aquella Na Young que lloraba cuando su compañero obtenía mejores notas. Ambos han construido vidas, relaciones y maneras diferentes de comprender el mundo.


Lo que me parece especialmente bonito es que la película no intenta convertir esa transformación en algo negativo. Crecer significa cambiar. Tomamos decisiones, conocemos personas, elegimos trabajos, cambiamos de ciudad y dejamos de reconocer algunas partes de nosotros mismos. Pero eso no implica que las versiones anteriores hayan sido falsas. La niña que Nora fue en Seúl existió. La mujer que vive en Nueva York también. Y quizá la dificultad aparece cuando una persona del pasado regresa y nos obliga a mirar simultáneamente a quienes fuimos y a quienes somos.


He disfrutado muchísimo de la manera en la que Celine Song cuenta todo esto. Su dirección es delicada, pausada y extraordinariamente contenida. Las conversaciones parecen sencillas, pero están llenas de cosas que los personajes no saben o no quieren pronunciar. Las miradas adquieren una importancia enorme y los silencios permiten que el espectador imagine todas esas frases que podrían decirse y que, precisamente por no hacerlo, terminan teniendo más peso. La fotografía, la música y el propio ritmo de la película están construidos para que sintamos el paso del tiempo sin necesidad de explicarlo constantemente.


También me ha parecido especialmente interesante cómo trata a sus tres protagonistas. En muchas historias románticas resulta fácil posicionarse. Hay alguien que merece ser feliz, alguien que ha llegado demasiado tarde y otra persona cuya presencia termina convirtiéndose en un obstáculo. Aquí me ha ocurrido algo muy diferente. He podido comprender a Hae Sung, he comprendido las inseguridades de Arthur y, aunque Nora es probablemente quien más preguntas me ha provocado, también entiendo que sus sentimientos no tienen por qué encajar en una respuesta sencilla.


De hecho, creo que una de las mayores virtudes de Past Lives es que obliga a reconocer que podemos comprender a varias personas incluso cuando sus deseos son incompatibles. Hae Sung puede seguir sintiendo algo muy profundo por su primer amor sin que eso le conceda derecho a recuperar la relación. Arthur puede tener miedo ante la aparición de alguien que conoce una parte de su esposa inaccesible para él sin convertirse por ello en una persona posesiva. Y Nora puede amar sinceramente a su marido mientras el reencuentro con Hae Sung despierta emociones que no se reducen a una amistad infantil.


También me gusta que la película tenga una relación muy particular con el destino. Durante años había encontrado en TikTok e Instagram vídeos sobre la expresión coreana inyeon, una idea que relaciona los encuentros entre personas con vínculos construidos a través de vidas anteriores. Hasta ver Past Lives no había prestado tanta atención a la manera en la que ese concepto podía utilizarse para hablar de relaciones que no necesariamente terminan juntas. Solemos asociar el destino con encontrar a alguien y permanecer a su lado, pero Celine Song nos propone algo más ambiguo: quizá una persona pudo estar destinada a cruzarse en nuestro camino sin estar destinada a acompañarnos durante toda la vida.


Y eso me parece mucho más cercano a la realidad.


Porque no todas las historias importantes terminan con dos personas juntas. No todas las relaciones que dejan huella consiguen sobrevivir al paso del tiempo. Algunas personas nos acompañan durante años, otras aparecen durante una etapa relativamente breve y algunas regresan cuando ya hemos construido una vida muy distinta. Pero la duración de un vínculo no determina necesariamente cuánto pudo significar para nosotros.


Quizá por eso Past Lives me ha emocionado tanto. No solamente por su romanticismo, sino porque habla de una sensación que conozco: seguir guardando un cariño enorme por una persona que formó parte de tu vida y, al mismo tiempo, tener que aceptar que la vida continúa desarrollándose aunque aquella historia haya terminado. También me hizo pensar en las cosas que quizá habría hecho de otra manera, en las oportunidades que dejamos pasar y en la diferencia entre recordar a alguien con amor y permanecer esperando que todo vuelva a ser como antes.


La película no ofrece respuestas fáciles a ninguna de esas preguntas. Y creo que precisamente por eso merece tanto la pena.



Sinopsis


Na Young y Jung Hae Sung son dos niños de doce años que crecen juntos en Seúl, Corea del Sur. Son compañeros de clase, grandes amigos y rivales académicos, aunque entre ellos comienza a desarrollarse una conexión que va más allá de la amistad. Sin embargo, cuando la familia de Na Young decide emigrar a Canadá en busca de nuevas oportunidades, sus caminos se separan y ambos deben despedirse sin comprender todavía cuánto cambiarán sus vidas.


Doce años después, Na Young se ha convertido en Nora Moon, una joven que vive en Nueva York y persigue su vocación como dramaturga. Gracias a internet descubre que Hae Sung había intentado encontrarla durante años y ambos retoman el contacto mediante mensajes y videollamadas. La conexión parece sobrevivir al tiempo, pero ahora existen miles de kilómetros, diferencias horarias y proyectos personales que dificultan cualquier posibilidad de encuentro.


La película avanza otros doce años. Nora ha construido una vida adulta en Nueva York y está casada con Arthur, un escritor estadounidense al que conoció durante una residencia artística. Hae Sung, que continúa viviendo en Corea del Sur, decide finalmente viajar a Estados Unidos para reencontrarse con aquella niña que nunca terminó de desaparecer de sus recuerdos.


Durante unos días vuelven a caminar juntos, conversar y descubrir cuánto han cambiado. Pero ese reencuentro no solamente despierta sentimientos relacionados con el primer amor. También obliga a Nora a enfrentarse con la vida que dejó atrás cuando abandonó Corea y con todas las posibilidades que nunca llegaron a existir.


Mientras Arthur intenta comprender qué significa la presencia de Hae Sung para su esposa, los tres personajes deberán enfrentarse a una pregunta que ninguno puede responder con certeza: ¿qué habría pasado si sus caminos se hubieran cruzado de otra manera?



A partir de este punto, el análisis contiene spoilers importantes de la película.


Personajes principales


Nora Moon / Na Young — Greta Lee


Nora es, probablemente, el personaje más complejo de Past Lives y también el que más dudas me ha despertado. No porque considere que sus decisiones sean incomprensibles, sino porque la película construye su mundo emocional de una manera tan contenida que resulta difícil separar exactamente lo que siente por Hae Sung de aquello que él representa dentro de su identidad.


Cuando era pequeña se llamaba Na Young. Vivía en Seúl, hablaba coreano, competía con Hae Sung por conseguir las mejores notas y soñaba con alcanzar grandes reconocimientos. Su ambición ya estaba presente entonces. No aparece únicamente después de emigrar ni nace como consecuencia de su integración en Norteamérica. Forma parte de su personalidad desde el comienzo. Pero la decisión de sus padres transforma completamente el escenario en el que esa niña deberá crecer.


Emigrar no significa solamente cambiar de casa. Para Nora implica aprender a vivir en otro idioma, adaptarse a una cultura distinta y construir una identidad donde su infancia coreana empieza a quedar cada vez más lejos. El cambio de nombre es especialmente importante: Na Young se convierte en Nora, y aunque ambas son la misma persona, también representan momentos distintos de una vida que nunca podrá regresar exactamente al lugar donde comenzó.


Greta Lee interpreta esa transformación mediante una mezcla de seguridad y vulnerabilidad que me ha gustado especialmente. Nora es una mujer decidida, inteligente y acostumbrada a tomar decisiones sobre su futuro. Tiene objetivos profesionales, sabe lo que quiere conseguir y no parece dispuesta a abandonar aquello que ha construido cada vez que el pasado llama a su puerta. Pero esa determinación no elimina las emociones que aparecen cuando Hae Sung regresa.


Cuando retoman el contacto por internet, doce años después de su separación infantil, ambos recuperan una intimidad que parecía haber quedado suspendida en el tiempo. Las videollamadas permiten que vuelvan a compartir experiencias, sonrisas y conversaciones, aunque también hacen evidente la enorme distancia que existe entre ellos. Nora vive en Nueva York, intenta consolidarse como dramaturga y tiene proyectos que necesita desarrollar. Hae Sung continúa en Corea y tampoco parece preparado para reorganizar inmediatamente toda su vida alrededor de aquella relación.


Finalmente, Nora decide interrumpir el contacto.


Creo que esta decisión resulta fundamental para entender al personaje. No significa necesariamente que haya dejado de sentir algo por Hae Sung, pero demuestra que no quiere construir su presente alrededor de una posibilidad que ninguno sabe cómo convertir en algo real. Ella necesita continuar avanzando, concentrarse en su carrera y permitir que su vida siga desarrollándose.


Es una decisión que puede parecer fría desde fuera, especialmente si interpretamos toda la historia desde los sentimientos de Hae Sung. Pero también hay algo bastante maduro en reconocer que querer a alguien no siempre significa estar dispuesto a construir una relación bajo cualquier circunstancia.


Lo que más me desconcierta de Nora aparece doce años después, cuando Hae Sung finalmente llega a Nueva York. Ella está casada, tiene una vida estable y parece querer sinceramente a Arthur. Sin embargo, sus miradas hacia Hae Sung contienen una emoción que resulta imposible reducir a una simple amistad de infancia. Hay curiosidad, nostalgia, reconocimiento y una intimidad que continúa existiendo a pesar de los años. Y aquí es donde creo que la película se vuelve especialmente interesante, porque no establece con claridad si Nora sigue enamorada de Hae Sung o si aquello que siente está relacionado principalmente con la vida que podría haber tenido si nunca hubiera abandonado Corea.


Personalmente, creo que ambas posibilidades pueden coexistir.


Nora puede sentir algo profundo por el hombre que tiene delante sin desear necesariamente abandonar su matrimonio. Puede recordar al niño que le gustaba y preguntarse quién habría sido ella si hubieran crecido juntos. Puede sentirse atraída por una vida que nunca existió sin considerar que aquella vida habría sido mejor.


Y quizá sea precisamente esa mezcla lo que explica la intensidad de sus miradas.


Hae Sung no representa solamente un primer amor. Es también alguien que todavía puede llamarla Na Young y recordar una versión de ella anterior a Canadá, Nueva York, su carrera y su matrimonio. Cuando habla coreano con él, parece recuperar durante unos instantes una parte de sí misma que continúa existiendo, aunque ya no ocupe el centro de su vida cotidiana.


Pero también sería injusto convertir a Nora únicamente en una mujer dividida entre dos hombres. Su conflicto es mucho más profundo. Está intentando reconocer qué relación mantiene con todas las personas que ha sido a lo largo de su vida.


Y creo que ahí reside el verdadero mérito de Greta Lee: consigue interpretar a una mujer que puede estar segura de la vida que ha elegido y, aun así, sentirse profundamente conmovida por la vida que nunca llegó a vivir.


Jung Hae Sung — Teo Yoo


Hae Sung es probablemente el personaje con el que más fácilmente he conectado a nivel emocional. Hay algo en su manera de querer, en su dificultad para expresar lo que siente y en esa mezcla de nostalgia y resignación que me resulta especialmente reconocible. Teo Yoo construye un hombre reservado, aparentemente sencillo, que no necesita grandes declaraciones para transmitir que una parte de su vida continúa ligada a una persona que conoció cuando apenas era un niño.


A diferencia de Nora, Hae Sung permanece en Corea del Sur. Su vida continúa desarrollándose en el país donde ambos crecieron y eso crea una diferencia fundamental entre ellos. Mientras Nora cambia de idioma, ciudad y entorno cultural, él conserva una relación mucho más directa con los lugares donde compartieron su infancia. Pero eso no significa que haya permanecido inmóvil. También ha crecido, ha estudiado, ha realizado el servicio militar y ha tenido otras relaciones. El mundo ha continuado avanzando para ambos, aunque la película nos permita observar especialmente aquello que todavía los conecta.


Me gusta muchísimo la interpretación de Teo Yoo porque Hae Sung no es un hombre particularmente elocuente. Parece sentir mucho más de lo que consigue expresar. Hay preguntas que formula casi con miedo a escuchar la respuesta, sonrisas donde puede percibirse cierta tristeza y silencios que dicen bastante más que cualquier declaración romántica convencional.


Pero tampoco quiero idealizarlo.


Y esto es algo que pensé mientras veía la película.


Puedo comprender que Hae Sung continúe enamorado de su primer amor y, al mismo tiempo, considerar que cometió errores importantes.


Cuando ambos recuperan el contacto mediante internet, surge la posibilidad de encontrarse. Nora plantea que él viaje a Nueva York. Hae Sung propone que ella visite Corea. Ninguno termina dando el paso y, finalmente, la comunicación se interrumpe porque sus vidas parecen avanzar hacia lugares diferentes.


Doce años después, Hae Sung finalmente viaja a verla.


Y no pude evitar pensar que quizá había esperado demasiado.


Entiendo que las circunstancias importan, que no siempre podemos viajar cuando queremos y que tampoco existía una relación continua durante esos doce años. Nora fue quien decidió detener las videollamadas y ambos tenían derecho a continuar construyendo sus respectivas vidas. Por eso no sería justo cargar toda la responsabilidad sobre Hae Sung. Pero también creo que, cuando una persona significa tanto para nosotros, existe un momento en el que debemos preguntarnos si realmente estamos intentando acercarnos o si nos hemos acostumbrado a quererla desde la distancia porque la posibilidad resulta menos aterradora que la realidad.


Hae Sung parece haber conservado durante muchos años una imagen de Nora que todavía mantiene algo de aquella niña a la que conoció. La pregunta es cuánto conoce realmente a la mujer adulta en la que se ha convertido.


Puede recordar cómo eran sus conversaciones cuando tenían doce años.


Puede conocer sus antiguas ambiciones.


Puede recordar los lugares por los que caminaban juntos.


Pero no ha compartido sus últimos años, sus experiencias profesionales, sus dificultades cotidianas ni la vida que ha construido con Arthur.


Y esa diferencia resulta dolorosa porque podemos seguir queriendo a una persona durante años sin haber tenido la oportunidad de conocer verdaderamente en quién se ha convertido.


Aun así, entiendo perfectamente por qué Hae Sung decide viajar.


De hecho, cuando terminé la película y me pregunté qué habría hecho en su lugar, mi respuesta fue bastante clara: yo también habría ido a verla.


No necesariamente para intentar recuperarla ni porque creyera que su matrimonio debía terminar. Creo que, después de tantos años, habría sentido la necesidad de verla, hablar con ella y comprobar que aquella persona que formó una parte tan importante de mi historia está bien.


Y, sobre todo, querría verla feliz.


Aunque esa felicidad ya no tuviera nada que ver conmigo.


Ese sentimiento no significa que el encuentro fuera sencillo. Tampoco garantiza que regresar a casa después de verla resultara menos doloroso. Incluso podríamos preguntarnos si la necesidad de reencontrarse nace exclusivamente del cariño o si también contiene una pequeña esperanza que todavía nos cuesta abandonar.


Creo que Hae Sung atraviesa precisamente esa contradicción.


Viaja para conocer a Nora, pero también para enfrentarse a la distancia entre la mujer real que tiene delante y la vida que ha imaginado durante tanto tiempo. Su visita le permite comprender que ella no ha permanecido detenida en aquel recuerdo. Tiene una vida, una pareja y un presente donde él no ocupa el lugar que quizá habría deseado.


Y eso no convierte su historia en un fracaso.


Simplemente le obliga a reconocer que haber querido profundamente a alguien no significa que el tiempo tenga que devolvernos la posibilidad de estar juntos.


Me parece que Teo Yoo transmite esa aceptación de manera extraordinaria. No convierte a Hae Sung en un hombre desesperado dispuesto a destruir el matrimonio de Nora. Lo presenta como alguien que necesita comprender qué significa todavía esa conexión y encontrar una forma de despedirse de una posibilidad que nunca terminó de desaparecer de su imaginación.


Y quizá ahí está una de las cosas que más me emocionan del personaje.


No necesita dejar de sentir para comenzar a aceptar.


Arthur — John Magaro


Arthur podría haberse convertido fácilmente en el personaje más incómodo de la película para el espectador. En una historia romántica convencional, el marido de la protagonista suele aparecer como el obstáculo que impide que el primer amor consiga finalmente su recompensa. Bastaría con convertirlo en alguien indiferente, posesivo o incapaz de comprender a su esposa para que todo el público terminara deseando que Nora lo abandonara y regresara con Hae Sung.


Pero Celine Song toma una decisión que me parece extraordinariamente inteligente: Arthur es una buena persona que también está profundamente enamorada de Nora.


Y eso cambia toda la película.


Arthur es escritor, conoce a Nora durante una residencia artística en Montauk y construye con ella una relación basada en una vida compartida. No posee la historia de infancia que Hae Sung conserva, pero tiene algo igualmente importante: ha estado presente durante una etapa fundamental de la vida adulta de Nora. Conoce sus rutinas, sus aspiraciones actuales, sus costumbres y las pequeñas cosas que aparecen cuando una relación deja de ser una posibilidad idealizada y se convierte en convivencia.


Sin embargo, su seguridad se tambalea cuando descubre la importancia que Hae Sung continúa teniendo para ella.


Una de las escenas que más me gustaron ocurre cuando Arthur y Nora conversan en la cama. Él le plantea una inseguridad bastante difícil de reconocer: quizá están juntos porque coincidieron en aquella residencia artística, porque se encontraron en el lugar y en el momento adecuados. Si Nora hubiera conocido allí a otro hombre, tal vez su vida habría sido completamente diferente.


Me parece una conversación preciosa precisamente porque Arthur no está atacando a su esposa ni cuestionando de manera agresiva su matrimonio. Está reconociendo algo que a veces preferimos ignorar cuando hablamos del amor: gran parte de nuestras relaciones existen porque nuestras vidas coincidieron en determinadas circunstancias.


Nos gusta imaginar que encontramos a alguien porque estábamos destinados a hacerlo.


Pero también podría haber ocurrido que nunca hubiéramos visitado aquel lugar, aceptado aquella invitación o iniciado aquella conversación.


Y entonces nuestra vida sería diferente.


Eso no significa que el amor que nació de aquel encuentro sea menos verdadero.


Simplemente significa que la casualidad también forma parte de nuestras historias.


Arthur es consciente de que Hae Sung posee un acceso privilegiado a una parte de Nora que él nunca conoció. No estuvo presente cuando ella era Na Young. No comparte sus recuerdos infantiles de Seúl y, aunque intenta aprender coreano, sabe que existe una distancia cultural y emocional que no puede eliminar completamente.


La película representa esa sensación de una manera especialmente íntima cuando Arthur habla de cómo Nora sueña en coreano. Él puede dormir a su lado, compartir su casa y conocerla profundamente, pero existe una parte de su mundo interior que aparece en un idioma que todavía no comprende.


Y hay algo muy doloroso en esa imagen.


Puedes compartir tu vida con una persona y aceptar que siempre existirán partes de su historia a las que nunca tendrás acceso completo.


Me parece que John Magaro interpreta esa vulnerabilidad de una manera extraordinaria. Arthur no intenta demostrar constantemente que es mejor que Hae Sung. No convierte la presencia del visitante en una competición de masculinidad ni exige a Nora que elimine inmediatamente cualquier emoción relacionada con su pasado.


Tiene miedo.


Se siente inseguro.


Y aun así intenta comprender.


Eso no significa que sea inmune a los celos ni que su actitud resulte sencilla de mantener. Precisamente porque su inseguridad parece real, su comportamiento tiene mucho más valor.


Arthur ama a Nora lo suficiente como para reconocer que ella tuvo una vida antes de conocerlo y que algunas partes de esa vida todavía pueden emocionarla.


Y cuando llega el final, creo que su personaje termina ofreciendo una de las formas de amor más bonitas de toda la película.


No intenta borrar el pasado de Nora.


Simplemente está presente cuando ella necesita llorarlo.


Na Young y Hae Sung durante la infancia — Moon Seung-ah y Leem Seung-min


Aunque los protagonistas adultos ocupan la mayor parte del relato, creo que sería injusto no destacar a los dos jóvenes intérpretes que dan vida a Na Young y Hae Sung durante su infancia. Moon Seung-ah y Leem Seung-min consiguen construir en relativamente pocos minutos una relación que debe continuar teniendo importancia emocional durante el resto de la película.


Su vínculo se presenta desde una naturalidad preciosa. Son niños que compiten, se buscan y sienten curiosidad el uno por el otro, aunque todavía carecen de las herramientas emocionales necesarias para comprender aquello que está comenzando. El pequeño orgullo de Na Young, que se enfada al perder su posición académica frente a Hae Sung, resulta especialmente bonito porque nos muestra que su personalidad ambiciosa ya existía antes de emigrar.


Pero lo más importante es su despedida.


No existe una gran declaración ni una comprensión adulta de lo que significa separarse. Simplemente llega un momento en el que sus caminos dejan de coincidir.


Y ese instante termina adquiriendo un significado enorme cuando volvemos a recordarlo al final.


Porque quizá algunas despedidas de la infancia solamente terminamos de comprenderlas muchos años después, cuando ya somos suficientemente mayores para saber todo lo que se perdió con ellas.


La madre de Nora y los personajes que acompañan su historia


La madre de Nora, interpretada por Youn Ji-hye, aparece durante la infancia y tiene una presencia relativamente breve, pero su decisión de emigrar y aquella frase sobre lo que se deja atrás sostienen buena parte de la película.


Su personaje representa una perspectiva adulta que los niños todavía no pueden comprender. Los padres saben que emigrar supondrá renunciar a muchas cosas, pero también creen que abrirá posibilidades que sus hijos quizá no podrían alcanzar permaneciendo en Corea. La decisión no está presentada como una traición hacia el país de origen ni como una promesa de felicidad automática en el extranjero. Es simplemente una apuesta por otra vida posible.


Y esa idea termina regresando una y otra vez, aunque la madre ya no ocupe el centro del relato.


También resulta importante el entorno artístico que Nora construye durante su vida adulta. La residencia para escritores en Montauk es el lugar donde conoce a Arthur y donde comienza una relación que terminará formando parte esencial de su presente. De alguna manera, esos encuentros aparentemente secundarios recuerdan que nuestra vida está hecha de conexiones que podrían haber ocurrido de otra manera.


No todos los personajes necesitan tener una gran trama para influir en el camino que recorremos.


A veces basta con estar en el lugar adecuado cuando dos personas se conocen.



Estilo visual y sonoro


Una de las cosas que más me ha gustado de Past Lives es que parece confiar completamente en la capacidad del espectador para comprender las emociones sin necesidad de explicarlas constantemente. Celine Song no utiliza una puesta en escena grandilocuente ni intenta convertir cada encuentro entre Nora y Hae Sung en un momento destinado a provocar lágrimas. Su dirección se apoya en la observación, las distancias, las miradas y una fotografía que consigue transmitir una melancolía muy particular sin abandonar nunca una sensación de realidad cotidiana.


La película fue fotografiada por Shabier Kirchner utilizando película de 35 mm, una elección que me parece especialmente adecuada para una historia tan relacionada con el paso del tiempo y los recuerdos. La textura de la imagen conserva una calidez ligeramente nostálgica, pero nunca convierte las escenas del pasado en una idealización excesiva. Los colores, la luz natural y las composiciones transmiten una sensación de intimidad que permite que Seúl y Nueva York parezcan lugares vividos, no simplemente escenarios preparados para acompañar una historia romántica.


Me ha gustado especialmente la manera en la que las ciudades funcionan casi como extensiones de los personajes. Seúl representa la infancia compartida y el origen de una relación que quedó interrumpida. Nueva York es el lugar donde Nora ha construido su identidad adulta y donde finalmente deben convivir dos partes de una historia que hasta entonces permanecían separadas por miles de kilómetros.


Pero sería demasiado sencillo afirmar que Corea representa el pasado auténtico y Estados Unidos una identidad artificial. Nora es verdaderamente la niña que creció en Seúl, pero también es verdaderamente la mujer que vive en Nueva York. Ninguna de esas versiones tiene más derecho que la otra a definir quién es.


La película utiliza constantemente el espacio físico para representar esas diferencias. Durante las videollamadas, Nora y Hae Sung parecen estar cerca, pero la propia pantalla recuerda que existe una distancia que no pueden eliminar. Pueden verse, hablar e incluso compartir silencios, pero no pueden tocarse ni participar realmente en la vida cotidiana del otro. La tecnología crea una intimidad que resulta emocionante y frustrante al mismo tiempo.


Y creo que eso representa bastante bien algunas relaciones a distancia. Puedes llegar a sentir una conexión enorme con alguien y, sin embargo, descubrir que esa cercanía emocional no siempre basta para construir una vida compartida.


Cuando finalmente se encuentran en Nueva York, la puesta en escena cambia. Ya no existe una pantalla que los separe, pero aparecen otras distancias: los años transcurridos, los idiomas, los recuerdos y las decisiones que ambos han tomado. Celine Song utiliza calles, paseos, escaleras, ferris y espacios abiertos para mostrar a dos personas que pueden caminar juntas sin pertenecer necesariamente al mismo camino.


Me parece especialmente bonito cómo están rodadas las escenas donde ambos se observan. Hay miradas larguísimas que no necesitan ser interrumpidas por un diálogo porque precisamente el silencio permite que aparezca todo aquello que resulta imposible resumir en unas pocas palabras.


También quiero destacar la escena del bar, uno de los momentos más importantes visual y emocionalmente. La película comienza con unos desconocidos intentando imaginar qué relación existe entre Nora, Hae Sung y Arthur. No conocen su historia, así que solamente pueden interpretar gestos, miradas y posiciones. Cuando regresamos a ese mismo espacio después de conocer todo lo ocurrido, la imagen adquiere un significado completamente distinto.


Ahora sabemos que cada silencio contiene años de vida.


La escena también utiliza el idioma como un elemento visual y emocional. Nora y Hae Sung hablan en coreano mientras Arthur permanece sentado junto a ellos. Aunque físicamente los tres comparten el mismo espacio, durante algunos momentos Arthur queda fuera de una conversación a la que no puede acceder completamente. La cámara no necesita mostrarlo como un hombre humillado ni convertir la situación en un conflicto abierto. Basta observarlo mientras intenta comprender qué está ocurriendo.


Y esa sensación me parece tremendamente humana.


Todos podemos haber experimentado alguna vez algo parecido, aunque no existiera una barrera lingüística. Estar cerca de alguien a quien queremos y descubrir que existe una parte de su mundo emocional a la que todavía no sabemos entrar.


La música y el sonido completan esa puesta en escena. Se escuchan las calles, los interiores, los espacios compartidos y los silencios, porque Past Lives entiende que la ausencia de palabras también puede transmitir muchísimo.


El montaje de Keith Fraase permite que algunas escenas respiren más tiempo del que probablemente durarían en un romance convencional. No tiene miedo a que aparentemente no suceda nada, porque sabe que en ocasiones esperar unos segundos más puede resultar mucho más emocionante que introducir un nuevo diálogo.


Y ninguna escena representa mejor esa filosofía que la despedida final.


Durante unos instantes, Nora y Hae Sung permanecen frente a frente sin encontrar una forma sencilla de resumir veinticuatro años de historia. La cámara deja que ese tiempo exista y nos obliga a permanecer junto a ellos.


No hay necesidad de acelerar la despedida.


Porque precisamente lo que estamos viendo es cuánto cuesta conseguir que termine.



Banda sonora


Hay algo que me llamó especialmente la atención de la banda sonora de Past Lives mientras veía la película: no necesita canciones con letra para explicarme lo que está ocurriendo. Y eso me parece extraordinariamente bonito.


Estoy acostumbrado a dramas donde la OST ocupa un lugar fundamental, con canciones que terminan convirtiéndose en la voz interior de los protagonistas y que muchas veces continuamos escuchando después de terminar la historia. Aquí ocurre algo diferente. La música, compuesta principalmente por Christopher Bear y Daniel Rossen, no intenta imponerse sobre las emociones. No busca anunciar que estamos ante una escena triste ni utiliza grandes explosiones instrumentales para obligarnos a llorar.


Simplemente acompaña.


Y creo que esa es la palabra que mejor define su función dentro de la película.


Acompaña cuando Nora y Hae Sung se miran sin saber exactamente qué decir. Acompaña los recuerdos, las distancias y las conversaciones que parecen quedar suspendidas entre dos posibilidades. Y acompaña también uno de los momentos que más me emocionaron, cuando ambos se despiden y Nora camina de regreso hacia su casa.


En esa escena, situada aproximadamente en la última parte de la película, la música consigue explicarme muchísimo sin necesidad de recurrir a una sola frase cantada. No tengo que escuchar una letra sobre perder a alguien, recordar el pasado o aceptar una despedida porque todo eso ya está ocurriendo delante de mí. La melodía simplemente permite que permanezca dentro de aquella emoción durante unos segundos más.


El álbum oficial reúne dieciséis pistas y fue publicado por A24 Music en junio de 2023. Sus títulos ya parecen contar una historia paralela, especialmente porque algunas composiciones están relacionadas directamente con las ideas que atraviesan toda la película.


Me parece precioso que la banda sonora comience prácticamente con las dos mitades de la frase que pronuncia la madre de Nora. If You Leave Something Behind y You Gain Something Too funcionan como dos movimientos de una misma idea: abandonar algo y ganar otra cosa no son experiencias necesariamente contradictorias.


Pero la música tampoco presenta esa transformación como algo exclusivamente positivo. Existe melancolía porque las oportunidades nuevas no eliminan automáticamente el dolor de aquello que perdimos. Nora construye una vida en otro país, pero eso no convierte su infancia coreana en algo insignificante.


Quizá por eso estas piezas funcionan tan bien como introducción emocional a la película. Antes incluso de llegar al desenlace ya sabemos cuál será su pregunta más importante.


Esta composición representa especialmente bien la distancia entre Nora y Hae Sung. El océano no es solamente una separación geográfica, sino también el espacio donde se acumulan años, decisiones y experiencias que cada uno vive sin el otro.


Las videollamadas permiten recuperar cierta cercanía, pero no consiguen eliminar esa distancia. Ambos pueden hablar durante horas y continuar sintiendo que pertenecen a mundos diferentes.


Me gusta que la música acompañe esa contradicción sin exagerarla. No estamos ante dos personas separadas por una fuerza extraordinaria que les impida reunirse. Son dos adultos con vidas y prioridades que no terminan de coincidir.


Y eso puede resultar incluso más doloroso porque no existe nadie a quien culpar.

Estas dos piezas están relacionadas con el concepto central de la película, el inyeon, y con la idea de que nuestros encuentros pueden formar parte de una conexión mucho más amplia de lo que somos capaces de comprender.


La referencia a las ocho mil capas procede de la imagen poética que aparece en la historia: la acumulación de encuentros a través de innumerables vidas hasta que dos personas llegan a compartir un vínculo tan importante como el matrimonio.


Musicalmente, estas composiciones me transmiten algo parecido a la sensación de observar nuestra propia vida desde una distancia enorme. Pensar en cuántas circunstancias tuvieron que coincidir para que conociéramos a determinadas personas y en cuántas decisiones aparentemente insignificantes podrían haber cambiado completamente aquello que vivimos.


Pero lo interesante es que el destino no aparece únicamente para justificar el romance entre Nora y Hae Sung.


También puede explicar el encuentro entre Nora y Arthur.


Y ahí es donde la película se vuelve mucho más profunda.

Creo que este título resume extraordinariamente bien el tercer acto de Past Lives. Nora y Hae Sung recorren Nueva York juntos, pero su relación con la ciudad es completamente diferente. Ella ha construido allí su hogar, mientras que él la visita temporalmente.


Nora es alguien que emigró y transformó ese lugar en parte de su identidad.


Hae Sung es un turista que puede descubrir sus calles durante unos días, pero que finalmente tendrá que marcharse.


La diferencia entre ambos ya no depende únicamente de lo que sienten, sino del lugar que ocupan dentro de la vida cotidiana del otro.


Y me parece una metáfora especialmente hermosa de aquello que ocurre cuando dos personas se reencuentran después de muchos años. Una puede conocer los recuerdos de infancia de la otra y, sin embargo, seguir siendo visitante dentro de su presente.


Si tuviera que destacar una pieza por su significado emocional, probablemente elegiría See You. Su propio título contiene una ambigüedad preciosa porque puede interpretarse como una despedida, pero también como una forma de reconocer a alguien.


Te veo.


Nos vemos.


Hasta otra ocasión.


En el contexto de la película, esa ambigüedad encaja perfectamente con el último encuentro entre Nora y Hae Sung. No existe una promesa clara sobre volver a encontrarse, pero tampoco hace falta convertir la despedida en una negación absoluta de lo que compartieron.


La música acompaña ese momento con una delicadeza que me parece extraordinaria.


Quiet Eyes, interpretada por Sharon Van Etten y escrita junto a Zachary Dawes, es la canción que acompaña los créditos finales y aporta una dimensión vocal al recorrido musical.


Después de una película donde buena parte de las emociones se han expresado mediante silencios y miradas, su presencia permite cerrar la historia sin romper la delicadeza que ha caracterizado toda la banda sonora.


Pero, aunque me guste, creo que la mayor virtud de la música de Past Lives continúa estando en sus composiciones instrumentales.



Porque hay historias que no necesitan que alguien ponga palabras a la emoción. Necesitan que una melodía permanezca a nuestro lado mientras intentamos comprenderla.


Y eso es exactamente lo que consigue esta banda sonora.



Temas centrales


El inyeon: los vínculos que atraviesan nuestra vida


Uno de los aspectos más conocidos de Past Lives es su utilización del concepto coreano 인연 — inyeon, que puede entenderse como una conexión o vínculo entre personas. Su significado tiene raíces en el pensamiento budista y está relacionado con la idea de que los encuentros no ocurren de manera completamente aislada, sino como consecuencia de causas, circunstancias y relaciones que pueden imaginarse extendidas a través de diferentes vidas.


La película utiliza una interpretación poética según la cual incluso el roce entre dos desconocidos puede tener significado, mientras que un vínculo tan profundo como un matrimonio sería resultado de innumerables encuentros acumulados a lo largo de vidas anteriores.


Es una idea que siempre me ha parecido muy bonita y que había encontrado muchas veces en vídeos de redes sociales, normalmente acompañada de imágenes románticas y frases sobre personas destinadas a encontrarse.


Pero creo que Celine Song utiliza el concepto de una manera mucho más interesante.


El inyeon no significa necesariamente que dos personas estén destinadas a permanecer juntas.


Puede explicar que se conocieran.


Que compartieran algo importante.


Que se separaran.


E incluso que sus caminos nunca vuelvan a coincidir.


La existencia de una conexión no impone automáticamente un futuro.


Y eso cambia completamente la lectura romántica del destino.


Porque si Nora y Hae Sung están unidos por algún tipo de vínculo anterior, Nora y Arthur también podrían estarlo. La película no establece una jerarquía donde el primer amor tenga más legitimidad que la relación adulta o donde una conexión antigua deba imponerse sobre las decisiones del presente.


Quizá el verdadero sentido del inyeon no esté en descubrir con quién debemos terminar, sino en reconocer que algunas personas llegaron a nuestra vida por circunstancias extraordinariamente complejas y que, durante un tiempo, nuestros caminos tuvieron la oportunidad de encontrarse.


Eso ya puede tener un valor enorme.


El primer amor y la memoria de quienes fuimos


El primer amor ocupa un lugar fundamental en la película, pero no porque Celine Song quiera convencernos de que siempre será el amor más importante de nuestra vida. Lo que hace es relacionarlo con una versión de nosotros mismos que ya no existe exactamente de la misma manera.


Nora y Hae Sung se conocieron cuando tenían doce años.


Antes de las responsabilidades adultas.


Antes de emigraciones, trabajos y matrimonios.


Antes de que la vida los obligara a tomar decisiones que terminarían modificando su identidad.


Por eso el reencuentro tiene un significado tan profundo. Hae Sung no solamente recuerda a una persona que le gustaba cuando era pequeño. Recuerda también quién era él cuando aquella relación todavía parecía posible.


Y Nora experimenta algo parecido.


Cuando lo mira puede reconocer a Na Young, la niña que caminaba por Seúl y que todavía no sabía cuánto cambiaría su vida.


Creo que muchas veces sentimos nostalgia por una persona cuando, en realidad, también estamos echando de menos la versión de nosotros mismos que existía cuando estábamos con ella.


No significa que el cariño sea falso.


Significa que una relación puede conservar muchos significados diferentes al mismo tiempo.


Y esa es una de las razones por las que resulta tan difícil dejar atrás determinados recuerdos.


La emigración y las diferentes versiones de una misma persona


Aunque Past Lives se presenta como un drama romántico, creo que sería un error analizarla únicamente desde el amor. La experiencia migratoria de Nora constituye otra de las grandes columnas de la historia.


Abandonar Corea a los doce años significa despedirse de una lengua, unos lugares, unos amigos y una forma de entender la vida. Su identidad se transforma en Canadá y vuelve a hacerlo cuando se establece en Estados Unidos.


Pero Celine Song evita presentar esa transformación como una pérdida completa de autenticidad. Nora no se ha convertido en una versión falsa de Na Young. Ambas forman parte de ella.


Lo que ocurre es que determinadas experiencias permiten que algunas partes de nuestra identidad aparezcan con más fuerza.


Hae Sung despierta recuerdos relacionados con Corea.


Arthur comparte la vida que Nora ha construido en Nueva York.


Y Nora debe aceptar que ninguna de esas dos dimensiones elimina la otra.


Me parece especialmente interesante porque, aunque la mayoría de nosotros no hayamos vivido una emigración semejante, podemos reconocer algo de esa experiencia dentro de nuestro propio crecimiento.


Todos dejamos atrás versiones de nosotros mismos.


La persona que éramos durante la adolescencia.


Quien fuimos dentro de nuestra primera relación importante.


La versión que existía antes de perder a alguien.


Aquella que creía que su futuro sería completamente diferente.


Y puede llegar un momento en que necesitemos aceptar que todas esas personas también fuimos nosotros.


El amor que pudo ser y la vida que realmente vivimos


Arthur y Hae Sung plantean dos preguntas que me parecen prácticamente idénticas, aunque nacen desde lugares muy diferentes.


Arthur se pregunta qué habría ocurrido si Nora hubiera conocido a otro hombre durante aquella residencia artística.


Hae Sung se pregunta qué habría pasado si Nora nunca hubiera emigrado de Corea.


Los dos están imaginando una vida alternativa.


Pero uno teme perder emocionalmente aquello que tiene.


El otro contempla aquello que nunca llegó a tener.


Y Nora ocupa el centro de esas posibilidades.


Lo que me parece más interesante es que ninguna pregunta puede responderse.


Si Nora se hubiera quedado en Corea, tal vez habría construido una relación con Hae Sung.


O quizá se habrían separado durante la adolescencia.


Tal vez habrían seguido siendo amigos.


O habrían descubierto que sus personalidades adultas eran incompatibles.


Del mismo modo, si Nora hubiera conocido a otra persona en Montauk, quizá nunca habría llegado a enamorarse de Arthur.


Pero nada de eso convierte automáticamente sus vidas alternativas en versiones mejores.


Las vidas que imaginamos siempre tienen una ventaja sobre la realidad: nunca tuvieron que enfrentarse a sus propias dificultades.


Podemos imaginar una relación que nunca ocurrió como algo extraordinario porque nunca tuvo que atravesar años de convivencia, problemas económicos, desacuerdos o cambios personales.


Y creo que recordar esto resulta especialmente importante cuando miramos hacia atrás.


No podemos comparar justamente una vida real, con todas sus imperfecciones, con una vida imaginada a la que nunca permitimos equivocarse.


La diferencia entre querer a alguien y poder construir una vida juntos


Una de las ideas más maduras de la película es que el amor, por sí solo, no siempre resulta suficiente para construir una relación.


Nora y Hae Sung pueden tener una conexión profunda.


Pueden echarse de menos.


Pueden sentir curiosidad por aquello que habría ocurrido si hubieran crecido juntos.


Pero durante años viven en países diferentes, tienen prioridades distintas y ninguno consigue convertir ese sentimiento en una decisión concreta.


Y eso también forma parte de la realidad.


Una relación necesita algo más que emoción.


Necesita presencia.


Tiempo.


Comunicación.


Decisiones.


Y cierta disposición a construir un futuro donde ambos puedan existir.


Por eso entiendo que Hae Sung continúe queriendo a Nora, pero también creo que debe asumir que no haber actuado antes tuvo consecuencias. Y Nora, por su parte, también tomó decisiones legítimas que modificaron aquello que podía ocurrir entre ellos.


No existe una única persona responsable.


Pero sí existe un tiempo que ya no pueden recuperar.


Arthur y el amor que acepta no conocerlo todo


Arthur representa uno de los temas que más me han gustado: la posibilidad de amar a alguien sin pretender poseer completamente su pasado.


Su inseguridad no nace de considerar que Nora le pertenece. Nace de reconocer que existe una historia emocional importante en la que él nunca estuvo presente.


La escena donde hablan sobre sus sueños en coreano es especialmente significativa porque convierte el idioma en una metáfora de esa distancia.


Arthur comparte su vida con Nora.


Pero hay recuerdos, emociones y experiencias que pertenecen a una etapa anterior.


Y eso no significa que su matrimonio sea incompleto.


Significa que ninguna relación puede contener absolutamente toda la historia de una persona.


Amar también puede consistir en aceptar que existen partes del otro que nunca conoceremos completamente y que, aun así, merecen ser respetadas.


El tiempo y las decisiones que no podemos deshacer


La estructura de la película utiliza el paso del tiempo de una manera que me parece extraordinariamente efectiva. No vemos todos los años que Nora y Hae Sung pasan separados. Simplemente nos encontramos con ellos después de largos periodos y descubrimos que el mundo ha continuado avanzando sin pedir permiso.


Doce años pueden desaparecer entre dos secuencias.


Pero para los personajes han sido doce años de vida.


Y esa diferencia nos obliga a comprender cuánto puede cambiar una persona mientras nosotros seguimos recordándola desde un momento anterior.


Me gusta que la película no presente el tiempo únicamente como un enemigo que separa a quienes se quieren. El tiempo también permite crecer, conocer a otras personas y construir experiencias que nunca habrían existido si hubiéramos tomado otras decisiones.


Perder una posibilidad no significa necesariamente que todo lo ocurrido después haya sido una equivocación.


Y quizá sea una de las cosas que más cuesta aceptar cuando todavía sentimos nostalgia.


La despedida como una forma de amor


Durante buena parte de la película parece que todo nos conduce hacia el gran reencuentro entre Nora y Hae Sung. Pero cuando finalmente ocurre, descubrimos que lo verdaderamente importante quizá sea la posibilidad de despedirse de una manera diferente a como lo hicieron cuando eran niños.


La primera despedida llegó demasiado pronto.


La segunda, durante las videollamadas, estuvo marcada por la frustración de dos personas que no conseguían encontrar una forma realista de acercarse.


La última ocurre cuando ambos ya comprenden que sus vidas han seguido caminos distintos.


Y por eso tiene otro significado.


No necesitan fingir que nunca sintieron nada.


Tampoco necesitan convertir aquel cariño en una relación.


Pueden reconocer lo que existió y aceptar que no todo lo importante está destinado a continuar.


Hay despedidas que no niegan el amor. Simplemente reconocen que amar y quedarse no siempre significan lo mismo.



Lo que enseña la película


Creo que Past Lives deja una enseñanza que resulta especialmente difícil porque no viene acompañada de una recompensa inmediata: podemos tomar una decisión correcta para nuestra vida y, aun así, sentir tristeza por aquello a lo que renunciamos.


Estamos acostumbrados a pensar que, si elegimos bien, deberíamos sentirnos completamente satisfechos. Como si la existencia de nostalgia o arrepentimiento demostrara que en algún momento nos equivocamos.


Pero no necesariamente funciona así.


Nora ha construido una vida con Arthur y parece quererlo sinceramente. Eso no elimina las emociones que aparecen cuando Hae Sung regresa. Puede reconocer que su infancia coreana significó muchísimo y preguntarse qué habría ocurrido si nunca hubiera emigrado sin que esa pregunta invalide todo lo que ha vivido después.


Y creo que esto es algo que podemos aplicar a muchos aspectos de nuestra vida.


A veces terminamos una relación porque las circunstancias cambiaron.


Otras veces perdemos una oportunidad profesional.


Nos alejamos de un lugar.


Abandonamos un sueño.


Tomamos una decisión que parecía necesaria en aquel momento.


Y años después seguimos imaginando qué habría ocurrido si hubiéramos elegido de otra manera.


La película no nos pide que dejemos de hacernos esas preguntas.


Nos recuerda que quizá nunca podremos responderlas.


También enseña que el cariño que sentimos por alguien no nos concede automáticamente un lugar dentro de su presente. Hae Sung puede continuar queriendo a Nora, pero eso no significa que ella deba reorganizar su matrimonio alrededor de aquello que él siente. Del mismo modo, Arthur puede amar profundamente a su esposa y aceptar que existe una conexión con Hae Sung que no puede eliminar por mucho que lo desee.


Me parece importante porque plantea una forma de entender el amor menos relacionada con la posesión y mucho más con el respeto hacia la vida del otro.


Hay otra enseñanza que me ha parecido especialmente bonita: no todas las personas que nos marcaron profundamente necesitan regresar para que aquello que vivimos conserve su valor.


Una relación puede haber terminado y continuar siendo importante.


Una persona puede haber dejado de formar parte de nuestra rutina y seguir ocupando un lugar dentro de nuestros recuerdos.


Podemos agradecer lo vivido sin convertir ese agradecimiento en una promesa de esperar eternamente.


Y quizá aprender a distinguir esas cosas sea una de las partes más difíciles de crecer.


También me quedo mucho con la relación entre Arthur y Nora. Su manera de acompañarla al final demuestra que una relación adulta no necesita estar construida sobre la ausencia absoluta de dudas. Podemos sentir inseguridad, celos o miedo y aun así comportarnos con cariño y respeto.


Arthur no necesita ser un hombre perfecto para ofrecer una forma de amor profundamente valiosa.


Puede reconocer que la situación le duele y, aun así, permanecer.


Y creo que eso tiene muchísimo mérito.


Finalmente, la película vuelve a aquella frase del comienzo que tanto me llamó la atención: «Si dejas algo atrás, también ganas algo».


No significa que tengamos que celebrar todas nuestras pérdidas.


Ni que lo nuevo compense siempre lo anterior.


Pero sí puede recordarnos que el futuro no desaparece necesariamente cuando una parte de nuestra vida termina.


Podemos seguir adelante.


Podemos construir relaciones diferentes.


Podemos encontrar lugares donde sentirnos en casa.


Y podemos volver a emocionarnos con algo que todavía no sabemos que llegará.


Lo que dejamos atrás puede seguir siendo importante.


Pero no tiene por qué ser lo único importante que nos ocurra.



Reflexión final


Hay películas que terminan cuando aparecen los créditos y otras que continúan dentro de nosotros porque han conseguido despertar preguntas que llevábamos demasiado tiempo evitando. Past Lives pertenece, para mí, a las segundas. Mientras la veía fui reconociendo emociones que conozco bastante bien, pero también terminé encontrándome con otras perspectivas que me obligaron a pensar en lo que significa amar a alguien cuando esa persona ya no forma parte de nuestra vida.


Y creo que todo comenzó con aquella frase de la madre de Nora.


«Si dejas algo atrás, también ganas algo».


Cuando la escuché, apenas llevaba seis minutos de película y todavía no sabía exactamente hacia dónde me llevaría la historia. Pero recuerdo haber pensado que ojalá pudiera aplicarla más a menudo. Porque durante mucho tiempo he sido una persona que se aferra bastante a los recuerdos. A los lugares donde fui feliz, a las canciones que me devuelven a determinados momentos y a las personas que formaron parte de una etapa importante de mi vida. No necesariamente porque quiera vivir eternamente en el pasado, sino porque algunas experiencias significaron tanto que aceptar que ya no existen de la misma manera puede resultar especialmente difícil.


Y creo que esa ha sido una de las mayores conexiones que he encontrado entre mi historia y la de Hae Sung.


Yo también he querido muchísimo a una persona.


También imaginé un futuro junto a ella.


Compartimos experiencias, lugares y momentos que continúan siendo importantes para mí, incluso después de que nuestra relación terminara.


Y durante bastante tiempo me ha costado separar el cariño que todavía puedo sentir por aquello que vivimos de la necesidad de aceptar que nuestra vida ya no sigue el mismo camino.


Por eso entendí a Hae Sung cuando decidió viajar a Nueva York.


Y cuando me pregunté si yo habría hecho lo mismo, no necesité pensarlo demasiado.


Yo también habría ido a verla.


No necesariamente para intentar recuperar una relación que ya no existe, ni porque considerara que mi presencia tuviera derecho a modificar la vida que esa persona ha construido. Creo que, después de tantos años, habría querido verla delante de mí, escuchar cómo está y reconocer a la persona en la que se ha convertido.


Y, sobre todo, habría querido comprobar una cosa.


Que está bien y es feliz.


Aunque sea sin mí.


Es una respuesta que puede sonar generosa, pero tampoco quiero idealizarla. Porque desear sinceramente que alguien sea feliz no significa necesariamente que verla con otra persona resulte sencillo. Podemos alegrarnos por alguien y, al mismo tiempo, sentir tristeza porque ya no compartimos su felicidad de la manera que antes imaginábamos.


Ambas emociones pueden existir.


Y creo que sería poco sincero fingir que un encuentro así no podría remover muchas cosas.


Pero también sé que, cuando quieres profundamente a alguien, llega un momento en el que su bienestar puede importarte incluso aunque su presente ya no incluya tu presencia.


Eso es precisamente lo que reconozco en Hae Sung.


No creo que viajar a Nueva York vaya a devolverle los veinticuatro años que han pasado desde su despedida infantil. Tampoco considero que el hecho de seguir queriendo a Nora signifique que ella debería dejar a Arthur. Pero entiendo la necesidad de comprobar que aquella persona continúa existiendo fuera de los recuerdos, que ha construido una vida y que quizá ha encontrado una felicidad diferente a la que ambos habrían podido imaginar cuando eran niños.


Al mismo tiempo, creo que Hae Sung cometió un error importante.


Esperó demasiado.


O quizá, para ser más justo, ambos dejaron que las circunstancias y el tiempo decidieran algo que ninguno terminó de afrontar cuando todavía tenían la posibilidad de hacerlo.


Durante sus primeras videollamadas como adultos había una oportunidad de encontrarse. Podrían haber organizado un viaje, intentado compartir tiempo o, como mínimo, aclarado qué esperaban realmente de aquella relación. Pero sus prioridades no coincidieron y Nora acabó interrumpiendo el contacto.


Doce años después, Hae Sung finalmente aparece en Nueva York.


Y no pude evitar preguntarme cuánto habría cambiado todo si alguno hubiera dado aquel paso antes.


Pero ahí está precisamente la trampa de Past Lives.


Nunca podremos saberlo.


Podemos imaginar una relación preciosa entre ambos.


Una vida en Corea.


Un matrimonio.


Hijos.


Una casa.


Una historia que empezó cuando tenían doce años y continuó creciendo hasta la edad adulta.


Pero también podría haber ocurrido que se hubieran separado después de unos meses.


Que descubrieran diferencias que la distancia había mantenido ocultas.


Que sus aspiraciones profesionales acabaran llevándolos hacia lugares incompatibles.


O que aquella conexión infantil nunca hubiera conseguido convertirse en una relación adulta.


No podemos comparar lo que realmente vivimos con una vida imaginada donde nunca dejamos que nada saliera mal.


Y eso me parece especialmente importante cuando pienso en mi propio pasado.


Porque también he imaginado muchas veces cómo habría sido mi vida si determinadas cosas hubieran ocurrido de otra manera. Si algunas conversaciones hubieran llegado antes, si hubiera sabido expresar mejor ciertos sentimientos o si hubiera entendido entonces cosas que ahora veo con bastante más claridad.


Pero la realidad es que no puedo regresar y comprobarlo.


Solamente puedo imaginar.


Y a veces imaginar puede convertirse en una manera de continuar emocionalmente unido a una posibilidad que ya no existe.


No quiero decir que debamos dejar de recordar ni que preguntarnos por el pasado sea necesariamente negativo. Los recuerdos también nos ayudan a comprender quiénes somos. Pero creo que existe una diferencia importante entre mirar atrás con cariño y pasar demasiado tiempo esperando una respuesta que la vida nunca podrá ofrecernos.


Y quizá yo también estoy aprendiendo a reconocer esa diferencia.


Lo curioso es que, mientras veía Past Lives, no solamente conseguí comprender a Hae Sung.


También entendí a Arthur.


Y creo que eso hizo que la película me resultara todavía más dolorosa.


Arthur no ha hecho nada malo.


Ama a Nora.


Ha construido una vida con ella.


Comparte sus días, su casa, sus proyectos y esa intimidad cotidiana que solamente aparece cuando una relación deja de ser una posibilidad y empieza a convertirse en algo real.


Pero entonces aparece Hae Sung.


Un hombre que conoció a su esposa cuando era pequeña, que comparte con ella un idioma materno, una cultura y unos recuerdos a los que él nunca podrá acceder completamente.


Y de repente Arthur empieza a preguntarse si realmente ocupa el lugar que creía ocupar dentro de la historia de Nora.


Me emocionó especialmente aquella conversación en la cama donde reconoce que quizá están juntos simplemente porque coincidieron en una residencia artística. Si Nora hubiera conocido allí a otro hombre, posiblemente su vida sería distinta.


Es una reflexión que me parece tremendamente humana.


Porque nos gusta imaginar que el amor es algo completamente inevitable, como si cada relación estuviera escrita antes incluso de que las personas se conocieran. Pero quizá una parte importante de nuestra felicidad depende de circunstancias mucho más pequeñas.


Haber aceptado una invitación.


Entrar en un lugar en un momento determinado.


Atreverse a iniciar una conversación.


Coincidir con alguien justo cuando ambos estaban preparados para conocerse.


Y si alguna de esas cosas hubiera sido diferente, nuestra historia también podría haber cambiado.


Eso no hace que el amor sea menos verdadero.


Lo vuelve más frágil.


Y quizá también más valioso.


Me gusta muchísimo que Arthur tenga el valor de reconocer esa inseguridad delante de Nora. No intenta aparentar que nada le afecta ni esconder sus miedos detrás de una actitud indiferente. Le confiesa que hay algo en la presencia de Hae Sung que le resulta difícil de comprender.


Y Nora tampoco puede ofrecerle una respuesta capaz de eliminar completamente esa sensación.


Porque él tiene razón.


Existe una parte de ella que Arthur no conoció.


Pero también existe otra parte de Nora que Hae Sung nunca ha tenido la oportunidad de compartir.


Y ahí está una de las cosas más importantes que he aprendido de esta película: ninguna persona puede poseer completamente todas las versiones de alguien a quien ama.


Podemos conocer profundamente a nuestra pareja y aun así descubrir que existen recuerdos, experiencias y emociones que pertenecen a una etapa anterior.


Eso no significa que nuestro amor sea insuficiente.


Significa que las personas somos mucho más grandes que una sola relación.


Después está Nora.


Y debo reconocer que continúa siendo quien más preguntas me provoca.


Creo que ama a Arthur. La película nos muestra una relación real, construida durante años, y no encuentro motivos para pensar que todo aquello sea simplemente una forma de resignación.


Pero cuando mira a Hae Sung, tampoco veo únicamente a una mujer observando a un antiguo compañero de colegio.


Hay algo más.


No sé si es amor romántico.


No sé si es nostalgia.


No sé si es la curiosidad por aquella vida que nunca llegó a existir.


Probablemente sea una mezcla difícil de separar.


Y me gusta que la película no me obligue a elegir una única interpretación.


Porque las personas no siempre sentimos emociones perfectamente ordenadas.


Podemos querer a alguien y seguir recordando con cariño a otra persona.


Podemos ser felices con nuestro presente y experimentar tristeza por aquello que perdimos.


Podemos reconocer que hemos construido una buena vida y aun así preguntarnos cómo habría sido otra diferente.


Eso no significa necesariamente que queramos abandonar todo lo que tenemos.


Simplemente significa que también somos capaces de sentir nostalgia por las posibilidades que nunca se realizaron.


Y entonces llega el final.


Nora y Hae Sung esperan juntos en la calle el coche que lo llevará al aeropuerto.


No existe una gran despedida.


No aparece una declaración capaz de cambiarlo todo.


No hay un beso que convierta el momento en una escena romántica convencional.


Solamente están ellos.


Mirándose.


Guardando silencio.


Y dejando que los segundos transcurran mientras ambos saben que aquella visita está terminando.


Creo que es una de las despedidas más bonitas y dolorosas que he visto.


Porque durante unos instantes parece que toda la película está contenida dentro de ese silencio.


Los dos niños que se separaron en Seúl.


Las videollamadas de doce años después.


Los proyectos que ninguno estuvo dispuesto a abandonar.


Los años sin hablarse.


El viaje a Nueva York.


Y todas las preguntas que nunca podrán responder.


Todo está ahí.


Sin necesidad de explicarlo.


Hae Sung se marcha.


Y Nora comienza a caminar de regreso a su casa.


Recuerdo que la música de esa escena me emocionó especialmente. No necesita una letra para decirme qué está ocurriendo. Simplemente acompaña los pasos de Nora mientras ella deja atrás a alguien que ha formado parte de su historia durante prácticamente toda su vida.


Y entonces ocurre algo que me parece extraordinario.


Nora llega hasta Arthur.


Y rompe a llorar en sus brazos.


Esa escena me emocionó muchísimo.


No solamente por la despedida de Hae Sung, sino por todo lo que significa el abrazo de Arthur.


Porque allí está el hombre con el que Nora ha construido su presente, sosteniéndola mientras ella llora por algo que pertenece a una parte de su vida donde él nunca estuvo.


Arthur no necesita comprender completamente cada una de esas lágrimas.


No necesita competir con Hae Sung.


No necesita exigirle que explique exactamente qué está sintiendo.


Simplemente la abraza.


Y me parece una forma de amor extraordinariamente madura.


A veces queremos que nuestra pareja nos comprenda absolutamente en todo, que sepa exactamente qué estamos pensando y que pueda resolver cada tristeza que aparece dentro de nosotros.


Pero quizá querer también consiste en aceptar que hay dolores que no podemos solucionar ni comprender completamente.


Y aun así podemos acompañarlos.


Hay un detalle especialmente bonito en la estructura de la película: al comienzo, Nora deja Corea y Hae Sung permanece allí. Al final, Hae Sung abandona Nueva York y es Nora quien se queda.


Sus posiciones se invierten.


Pero ninguno regresa exactamente al lugar donde comenzó.


Ambos son personas distintas.


Y creo que eso es importante.


La directora Celine Song ha explicado que el llanto final de Nora también está relacionado con la despedida de aquella niña que dejó atrás cuando emigró. No es únicamente una mujer llorando por un antiguo amor. Es alguien que finalmente puede despedirse de una versión de sí misma que nunca tuvo la oportunidad de llorar como adulta.


Esa interpretación me parece preciosa.


Pero tampoco creo que elimine completamente la dimensión romántica.


Para mí Nora puede estar llorando por Hae Sung, por Na Young, por Corea y por todas aquellas posibilidades que desaparecieron cuando su familia tomó una decisión que cambiaría su vida.


No necesito escoger una sola razón.


Quizá todas forman parte del mismo dolor.


Y creo que eso es exactamente lo que hace tan especial el final.


La película no convierte sus lágrimas en una prueba de que eligió al hombre equivocado.


Tampoco las presenta como una demostración de que ya no siente nada por Hae Sung.


Simplemente le permite llorar.


Porque estar en paz con la vida que hemos construido no significa que no podamos sentir tristeza por la que dejamos atrás.


Y aquí vuelvo inevitablemente a aquella frase del comienzo.


«Si dejas algo atrás, también ganas algo».


Nora dejó Corea.


Dejó a Hae Sung.


Dejó una infancia, un idioma cotidiano y una versión de sí misma que nunca podrá recuperar exactamente.


Pero también ganó una vida diferente.


Un camino profesional.


Nuevas experiencias.


Personas que no habría conocido.


Y a Arthur.


Eso no significa que una cosa compense automáticamente la otra.


No creo que las personas funcionemos como una balanza donde podamos colocar a un lado todo lo perdido y al otro todo lo ganado para comprobar si el resultado final resulta positivo.


A veces perdemos cosas que seguiremos echando de menos.


Y eso no desaparece porque después encontremos otras que también nos hagan felices.


Pero quizá podemos aprender a permitir que ambas partes existan.


Creo que durante mucho tiempo me ha costado algo parecido.


He recordado tanto determinadas etapas de mi vida que, en ocasiones, avanzar podía sentirse como aceptar que aquello que viví ya no tenía el mismo significado.


Y ahora empiezo a comprender que no tiene por qué ser así.


Puedo seguir guardando cariño por una relación que terminó.


Puedo recordar lugares, canciones y momentos que todavía me emocionan.


Puedo reconocer que una persona fue extraordinariamente importante para mí.


Y aun así permitirme construir una vida donde vuelvan a ocurrir cosas bonitas.


No necesito borrar una historia para empezar otra.


Ni dejar de querer aquello que fui para descubrir quién puedo llegar a ser.


Últimamente, además, he vuelto a experimentar algo que durante bastante tiempo me parecía lejano: la ilusión de poder enamorarme otra vez.


No significa que haya olvidado.


Ni que todo lo anterior haya dejado de importarme.


Simplemente he vuelto a sentir curiosidad por la posibilidad de conocer a alguien, compartir pequeñas cosas, ilusionarme con una conversación o descubrir que todavía puedo construir una conexión bonita con otra persona.


Y quizá sea ahí donde aquella frase de la madre de Nora adquiere para mí un significado diferente.


Porque dejar algo atrás no siempre significa abandonarlo por completo.


A veces significa aceptar que ya no forma parte de nuestro presente de la misma manera.


Y permitir que ese presente siga creciendo.


También he pensado mucho en lo que habría supuesto para Hae Sung encontrarse con una Nora feliz junto a Arthur.


Creo que yo habría querido comprobar precisamente eso.


Ver que está bien.


Que ha construido una vida.


Que alguien la quiere.


Que sigue sonriendo.


Aunque una parte de mí pudiera sentir tristeza por no compartir esa felicidad.


Pero ahora también creo que existe otra pregunta que quizá es igual de importante.


Después de desear sinceramente que alguien sea feliz, ¿somos capaces de concedernos a nosotros mismos ese mismo deseo?


Porque podemos pasar mucho tiempo preocupándonos por el bienestar de alguien que ya no está a nuestro lado y olvidarnos de que nosotros también merecemos encontrar una felicidad nueva.


Y creo que esa es una de las cosas que Hae Sung necesita aprender después de su viaje.


No tiene que dejar de considerar importante a Nora.


No necesita fingir que nunca la quiso.


Pero tampoco debería pasar el resto de su vida comparando cualquier posibilidad futura con una relación que nunca llegó a existir plenamente.


Porque su vida también continúa.


Y la mía también.


Eso es lo que más me llevo de Past Lives.


No la idea de que dos personas destinadas a estar juntas terminaron separadas.


Ni la conclusión de que Nora escogió al hombre correcto.


Creo que la película está hablando de algo mucho más complejo.


Está hablando de aceptar que podemos tener varias vidas posibles, pero solamente podemos vivir una a la vez.


Que cada decisión abre puertas y cierra otras.


Que no siempre sabremos qué habría ocurrido si hubiéramos elegido un camino diferente.


Y que podemos amar profundamente aquello que no vivimos sin convertirlo en una razón para dejar de amar la vida que todavía tenemos delante.


Quizá algún día dejemos de preguntarnos constantemente qué habría pasado si aquella persona se hubiera quedado, si hubiéramos viajado antes o si hubiéramos pronunciado determinadas palabras cuando todavía existía la oportunidad.


O quizá nunca dejemos de hacernos esas preguntas del todo.


Pero me gustaría pensar que podemos aprender a vivir sin necesitar una respuesta.


Recordar con cariño.


Reconocer aquello que fue importante.


Aceptar los errores.


Y seguir adelante.


Sin borrar.


Sin negar.


Sin convertir la nostalgia en una condena.


Porque quizá todas las personas que hemos querido profundamente continúan formando parte de nosotros de alguna manera, aunque nuestros caminos ya no coincidan.


Y puede que eso también sea una forma de inyeon.


No necesariamente un destino que obligue a reencontrarnos.


Sino el reconocimiento de que, durante un tiempo, dos vidas se cruzaron y dejaron algo en la otra.


Al terminar la película, regresé mentalmente a aquella frase que me había llamado la atención seis minutos después de empezar.


Y creo que ahora la entiendo un poco mejor.


Dejar algo atrás no significa que aquello deje de importar. Significa permitir que otras cosas también puedan llegar a importarnos.


Nora puede abrazar a Arthur mientras llora por una parte de su pasado.


Hae Sung puede regresar a Corea después de haber comprobado que aquella niña que conoció se ha convertido en una mujer con su propia vida.


Y yo puedo continuar guardando cariño por lo que viví mientras empiezo a mirar con algo más de ilusión hacia aquello que todavía no conozco.


Quizá nunca sabremos si una vida diferente habría sido más feliz.


Pero sí podemos intentar que la vida que tenemos ahora merezca la pena.


Por eso, después de acompañar a Nora, Hae Sung y Arthur durante estos veinticuatro años de historia, hay una pregunta que me gustaría dejar a quienes hayan visto la película:


¿Y si aprender a dejar atrás aquello que amamos no consistiera en olvidarlo, sino en aceptar que todavía merecemos ser felices con todo lo que nos queda por vivir?





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