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The WONDERfools - 원더풀스

  • hace 2 horas
  • 23 min de lectura

Los SUPERfrikis


Park Eun-bin · Cha Eun-woo


No hace falta ser perfecto para convertirse en héroe. A veces basta con dejar de creer que eres inútil y descubrir que aquello que siempre consideraste un defecto también puede salvar a alguien.



Introducción


Hay historias de superhéroes que empiezan con una profecía, un elegido o alguien que descubre que estaba destinado a hacer algo extraordinario. The WONDERfools hace prácticamente lo contrario. Sus protagonistas no están esperando una misión que dé sentido a sus vidas. Ni siquiera parecen demasiado preparados para enfrentarse a la suya propia. Son personas corrientes, torpes, frustradas, heridas y, en algunos casos, bastante difíciles de imaginar como salvadores de nadie.

Y precisamente por eso funcionan.

El título ya contiene buena parte de esa idea. The WONDERfools juega con wonderful —maravilloso— y fools —tontos, necios—. Algo así como unos «tontos maravillosos» o unos «idiotas prodigiosos». La traducción española, Los SUPERfrikis, conserva el componente cómico y la condición de inadaptados del grupo, aunque pierde una contradicción que me parece fundamental: lo maravilloso y lo ridículo pueden existir en la misma persona.

Y esa es, probablemente, una de las ideas que más me interesa de la serie.

Estamos acostumbrados a imaginar que primero debemos convertirnos en una versión mejor de nosotros mismos y solo entonces podremos hacer algo importante. Ser más valientes. Más seguros. Más capaces. Resolver nuestras heridas. Dejar atrás nuestros defectos. The WONDERfools propone justamente lo contrario: no tienes que dejar de ser quien eres para empezar a importar.

La historia se sitúa a finales de 1999, cuando Corea del Sur, como buena parte del mundo, se aproxima al nuevo milenio entre rumores apocalípticos, profecías y el miedo al famoso efecto Y2K. Ese contexto no es simplemente una excusa estética para llenar la pantalla de teléfonos antiguos, televisores de tubo, ropa de finales de los noventa y una nostalgia muy reconocible. El cambio de milenio convierte toda la serie en una historia sobre personas convencidas de que algo está terminando y que, sin saberlo, están a punto de comenzar otra vida.

Eun Chae-ni piensa que su tiempo está acabándose literalmente. Tiene 27 años, una cardiopatía que le han hecho creer terminal y una lista de lugares que nunca ha podido visitar porque ha pasado gran parte de su vida bajo la protección —y también el control— de su abuela. Son Gyeong-hun es el hombre pesado del ayuntamiento, el vecino que presenta reclamaciones continuamente y al que casi nadie toma en serio. Kang Ro-bin parece físicamente fuerte, pero vive incapaz de defenderse cuando alguien lo humilla. Y Lee Un-jeong, el funcionario serio y casi inexpresivo llegado desde Seúl, guarda dentro una historia mucho más oscura de lo que su apariencia permite imaginar.

Ninguno parece especialmente heroico.

Hasta sus poderes parecen una broma.

Chae-ni, que jamás ha podido viajar, empieza a teletransportarse cuando su corazón se acelera.

Gyeong-hun, acostumbrado a mentir para escapar de los problemas, queda literalmente pegado a aquello que toca cada vez que miente y solo puede liberarse diciendo la verdad.

Ro-bin, incapaz de defenderse emocionalmente, desarrolla una fuerza sobrehumana precisamente cuando algo hiere sus sentimientos.

Y Un-jeong, que lleva veinte años intentando mantener cada emoción bajo control, posee una telequinesis capaz de destruir todo aquello que lo rodea cuando ese control desaparece.

No son poderes diseñados únicamente para crear escenas divertidas. Son heridas convertidas en habilidades.

Eso me parece una de las mejores ideas de la serie.

Porque The WONDERfools podría haberse limitado fácilmente a ser una comedia coreana de superhéroes. Tiene acción, poderes, villanos, conspiraciones, experimentos secretos, peleas y una amenaza final que puede destruir una ciudad entera. Pero debajo de todo eso existe otra historia mucho más humana: la de unas personas que llevan años sintiéndose defectuosas y que descubren que quizá aquello que siempre pensaron que las hacía menos valiosas es precisamente lo que les permite entender a los demás.

Además, el origen mismo del proyecto resulta curioso. La serie comenzó a desarrollarse años atrás bajo el título provisional de The B-Team, partiendo de una idea asociada originalmente a Stan Lee sobre unos superhéroes de segunda categoría enfrentándose al científico responsable de sus poderes. Con el tiempo el proyecto se transformó hasta convertirse en una producción original coreana, alejándose de aquella propiedad intelectual pero conservando algo de su semilla: héroes de serie B que jamás deberían haber acabado salvando a nadie.

Y creo que esa transformación terminó beneficiándola.

Porque Haeseong, el efecto 2000, la administración municipal, el vertedero contaminado, la iglesia, los traumas familiares y el proyecto Wunderkinder hacen que la serie tenga una identidad profundamente coreana. Puede recordar por momentos a Los Goonies, Guardianes de la Galaxia o incluso a aquellas películas de superhéroes imperfectos de principios de los 2000, pero nunca parece simplemente una imitación.

También ayuda muchísimo el reparto.

Park Eun-bin vuelve a demostrar una capacidad enorme para construir personajes que pueden pasar de lo ridículo a lo profundamente doloroso en cuestión de segundos. Chae-ni es caótica, exagerada, impulsiva y muchas veces agotadora, pero detrás de toda esa energía existe una mujer que lleva años conviviendo con la idea de que podría morir demasiado pronto.

Cha Eun-woo, en cambio, trabaja desde el lugar opuesto. Un-jeong es rígido, silencioso y emocionalmente contenido. La comedia nace muchas veces simplemente de colocarlo al lado de Chae-ni, Gyeong-hun y Ro-bin y observar cómo intenta mantener la dignidad mientras todo se descontrola a su alrededor. Pero cuando la historia empieza a revelar quién fue realmente y qué ocurrió en el laboratorio veinte años atrás, esa contención adquiere otro significado.

Y luego están Choi Dae-hoon e Im Seong-jae, que convierten una gran parte de los momentos aparentemente más absurdos en algunos de los más entrañables.

No todo funciona con la misma precisión. El cambio constante entre comedia física, aventura, romance, experimentación infantil, sectas y horror corporal puede ser brusco. Algunos episodios tardan demasiado en arrancar, mientras que ciertos conflictos emocionales importantes se resuelven con una rapidez que sorprende. La traición de Un-jeong hacia Chae-ni, especialmente, merecía quizá más espacio para reconstruir la confianza después de algo tan grave. Y el episodio final, con más de noventa minutos, acumula tantos clímax que por momentos la tensión acaba diluyéndose.

Pero incluso con esas irregularidades, hay algo que termina sosteniendo toda la serie.

Sus personajes.

Porque el verdadero conflicto de The WONDERfools nunca es descubrir quién tiene el poder más impresionante.

Es descubrir qué decides hacer cuando, por primera vez, tienes la capacidad de ayudar a otra persona.



Sinopsis


En las últimas semanas de 1999, la pequeña ciudad de Haeseong vive rodeada de rumores sobre el fin del mundo, miedo al efecto 2000, desapariciones sin explicación y el crecimiento de una misteriosa iglesia que promete salvación ante la llegada del nuevo milenio.

Eun Chae-ni tiene 27 años y lleva gran parte de su vida condicionada por una cardiopatía que puede matarla en cualquier momento. Convencida de que no le queda demasiado tiempo y desesperada por viajar antes de morir, decide organizar su propio secuestro para conseguir dinero de su rica y sobreprotectora abuela. Para ello recluta a Son Gyeong-hun y Kang Ro-bin, dos vecinos tan poco preparados para cometer un delito como ella.

Naturalmente, todo sale mal.

Cuando Chae-ni muere durante el plan y sus compañeros intentan esconder su cuerpo cerca de un vertedero contaminado, los tres entran en contacto con unos residuos químicos procedentes de un antiguo laboratorio secreto. Chae-ni vuelve inesperadamente a la vida y, junto a Gyeong-hun y Ro-bin, empieza a manifestar unas habilidades tan extraordinarias como absurdamente difíciles de controlar.

El único que parece comprender algo de lo ocurrido es Lee Un-jeong, un reservado funcionario municipal llegado desde Seúl que investiga las desapariciones de Haeseong y que esconde su propio poder: una poderosa telequinesis relacionada con un traumático pasado.

Mientras los cuatro intentan comprender qué les está sucediendo, la investigación los conduce hasta Ha Won-do, un científico que décadas atrás dirigió el Proyecto Wunderkinder, un programa clandestino de experimentación con niños destinado a crear seres humanos extraordinarios y descubrir el secreto de la inmortalidad.

Lo que comienza como una comedia sobre tres desastrosos superhéroes acaba transformándose en una batalla contra los secretos enterrados de Haeseong y contra un hombre dispuesto a convertir toda la ciudad en un experimento.


A partir de este punto, el análisis contiene spoilers importantes de la serie.


Personajes principales


Eun Chae-ni — Park Eun-bin


Chae-ni entra en la historia convencida de que está muriéndose.

Y quizá por eso parece estar intentando vivir varias vidas al mismo tiempo.

Es ruidosa, impulsiva, imprevisible y capaz de pasar de una idea absurda a otra todavía peor sin detenerse demasiado a pensar en las consecuencias. Su falso secuestro resume perfectamente quién es durante los primeros episodios: una mujer que sabe que su vida tiene fecha de caducidad y que, en lugar de aceptar tranquilamente esa realidad, decide intentar engañarla.

Pero debajo de toda esa energía existe un miedo enorme.

Chae-ni no ha podido construir una vida completamente propia. Su enfermedad ha condicionado prácticamente todas sus decisiones y la protección de su abuela, Kim Jeon-bok, ha terminado convirtiéndose también en una prisión. Quiere viajar porque viajar representa algo mucho más grande que visitar lugares. Significa decidir por sí misma hacia dónde va.

Por eso su poder resulta tan perfecto.

La mujer que nunca pudo ir a ninguna parte obtiene la capacidad de aparecer prácticamente en cualquier lugar.

Pero, como todo en The WONDERfools, existe una trampa.

Chae-ni no controla bien su teletransportación. Necesita que su ritmo cardíaco aumente, puede terminar en lugares completamente inesperados y cada salto la obliga a enfrentarse a un corazón que durante toda su vida fue precisamente aquello que más miedo le daba.

Su mayor debilidad se convierte literalmente en su poder.

Y más tarde descubrimos que ese corazón contiene una verdad muchísimo más dolorosa.

Chae-ni está viva gracias al trasplante del corazón del llamado Niño de la Eternidad, uno de los niños utilizados por Ha Won-do en sus experimentos. Ese órgano tenía una capacidad regenerativa extraordinaria y terminó permitiendo que Chae-ni sobreviviera. Cuando los residuos químicos vuelven a activarlo, ella no obtiene simplemente poderes: recibe una segunda vida construida sobre el sufrimiento de otra persona.

La reacción podría haber sido convertir esa revelación en una nueva condena.

Pero Chae-ni acaba llegando a una conclusión diferente.

No puede cambiar de dónde procede su corazón.

No puede devolverle al niño aquello que perdió.

Puede decidir qué hacer con la vida que recibió.

Y ahí encuentro uno de los temas más bonitos de la serie: una segunda oportunidad no debería convertirse únicamente en culpa; también puede convertirse en responsabilidad.

Park Eun-bin se entrega completamente al personaje. Su comedia física es exagerada y casi caricaturesca en algunos momentos, pero consigue que esa energía no borre nunca la vulnerabilidad. Chae-ni puede resultar ridícula en una escena y, pocos minutos después, estar afrontando el miedo a desaparecer.

Especialmente bonito es que su evolución no consista en convertirse en una heroína seria.

Chae-ni sigue siendo Chae-ni.

Sigue improvisando.

Sigue equivocándose.

Sigue teletransportándose donde no debería.

Y eso importa porque la serie no necesita corregir su personalidad para demostrar su valor.


Lee Un-jeong — Cha Eun-woo


Un-jeong parece exactamente el tipo de persona que Chae-ni sería incapaz de soportar durante más de cinco minutos.

Es metódico, rígido, reservado y profundamente incómodo en cualquier situación emocional. Trabaja como funcionario público y se aferra a las normas casi como si existiera una respuesta administrativa para cualquier problema.

La llegada del trío de Chae-ni a su vida demuestra bastante rápido que no es así.

Detrás de sus gafas, sus camisas ordenadas y su incapacidad para participar normalmente en una conversación existe el antiguo sujeto 3972 del Proyecto Wunderkinder.

Un niño que sobrevivió al laboratorio de Ha Won-do.

Su telequinesis no parece tan ridícula como los poderes del resto. De hecho, es probablemente el miembro más poderoso del grupo. Pero también es quien más miedo tiene a su propia capacidad.

Y tiene razones.

Cuando era niño, vio cómo Won-do torturaba al Niño de la Eternidad. La rabia y el trauma provocaron una explosión de su poder telequinético que terminó incendiando el laboratorio. Aunque ese incendio permitió sobrevivir a algunos de los niños, Un-jeong pasó los siguientes veinte años interpretándolo desde la culpa.

Las gafas funcionan casi como un símbolo de ese autocontrol.

Un-jeong necesita mantener todo ordenado porque sabe lo que puede ocurrir cuando aquello que lleva dentro encuentra una salida.

Si Chae-ni transforma su miedo a morir en movimiento, Un-jeong convierte el trauma en inmovilidad emocional.

Y precisamente por eso su relación funciona.

Ella lo obliga constantemente a reaccionar.

Él intenta darle una estructura al caos.

La atracción entre ambos está construida desde ese contraste, aunque para mí funciona mejor cuando la serie se centra en la confianza que cuando intenta acelerar el romance.

Porque existe una decisión de Un-jeong que cambia completamente la relación.

En su desesperación por encontrar respuestas sobre su madre, droga a Chae-ni y la entrega a Won-do.

Aunque deje una forma de ayudarla a escapar, la traición sigue siendo real.

Y aquí creo que la serie podría haber hecho algo más.

Entiendo el miedo y la desesperación de Un-jeong. Entiendo que sea una consecuencia del trauma de alguien que lleva toda su vida intentando resolver el pasado. Pero que Chae-ni termine perdonándolo relativamente rápido hace que una de las fracturas emocionales más interesantes de la serie reciba menos desarrollo del que merecía.

Aun así, su arco termina funcionando porque Un-jeong tiene que aceptar algo esencial: no puede corregir el pasado sacrificando el presente.

Encontrar a su madre no devolverá la infancia perdida.

Destruir a Won-do no convertirá al niño que fue en alguien sin trauma.

Y proteger a Chae-ni tampoco significa decidir en su nombre.

Su evolución pasa de controlar a confiar.

Y para alguien como él, probablemente sea una de las cosas más difíciles que podía aprender.


Son Gyeong-hun — Choi Dae-hoon


Gyeong-hun podría haberse quedado simplemente como alivio cómico.

El vecino pesado.

El hombre que protesta por todo.

El que presenta reclamaciones que nadie quiere escuchar.

El mentiroso que queda pegado a objetos cada vez que intenta escapar de la verdad.

Pero precisamente ese poder convierte su arco en uno de los más inteligentes.

Gyeong-hun ha construido parte de su vida evitando responsabilidades mediante explicaciones, excusas y pequeñas mentiras. Entonces adquiere una habilidad que convierte físicamente cada falsedad en una prisión.

Mentir lo deja atrapado. Decir la verdad lo libera.

Es difícil imaginar una metáfora más directa.

Y lo divertido es que la serie utiliza esa regla para crear situaciones absurdas sin renunciar nunca a lo que significa.

Cada vez que Gyeong-hun queda pegado a algo, el problema no es solamente encontrar la mentira correcta.

Tiene que admitir algo.

Reconocer un miedo.

Aceptar una responsabilidad.

Su relación con su mujer, Moon Mi-hui, y especialmente con su hija, Son Cheong, permite ver detrás del personaje ruidoso a un hombre que también se siente un fracaso.

Que su hija termine descubriendo que su padre fue uno de los héroes que salvaron Haeseong tiene mucho peso precisamente porque Gyeong-hun no necesita que toda la ciudad lo reconozca.

Le basta con que una persona importante para él deje de verlo únicamente como el hombre que siempre se equivoca.


Kang Ro-bin — Im Seong-jae


Ro-bin es físicamente grande, pero emocionalmente ocupa muy poco espacio.

Está acostumbrado a que los demás decidan por él, lo utilicen, lo menosprecien o lo conviertan en el objetivo fácil de cualquier comentario.

Por eso su poder también parece diseñado específicamente para enfrentarlo a aquello que evita.

Ro-bin obtiene una fuerza extraordinaria cuando se siente herido o insultado.

Solo se vuelve físicamente poderoso cuando reconoce que algo le ha hecho daño.

Me parece una idea preciosa.

Porque muchas veces confundimos fortaleza con no reaccionar.

Aguantar.

Callar.

Fingir que algo no nos ha afectado.

Ro-bin ha vivido exactamente así.

Su poder le obliga a hacer lo contrario.

Para ser fuerte necesita aceptar que tiene sentimientos.

Que las palabras pueden doler.

Que sentirse herido no lo hace débil.

Im Seong-jae convierte esa contradicción en algunos de los mejores momentos cómicos del grupo, pero también consigue darle una ternura enorme.

Y quizá Ro-bin sea quien mejor representa el corazón de los Wonderfools.

No necesitas dejar de ser sensible para ser fuerte.

A veces la fuerza empieza precisamente en reconocer esa sensibilidad.


Kim Jeon-bok — Kim Hae-sook


Jeon-bok es uno de los personajes moralmente más interesantes porque su amor hacia Chae-ni es absolutamente real y, al mismo tiempo, ha sido capaz de causarle daño intentando protegerla.

Durante años controla gran parte de la vida de su nieta porque conoce la fragilidad de su corazón y porque sabe muchísimo más de su origen de lo que está dispuesta a contar.

Pero el silencio también tiene consecuencias.

Jeon-bok financió originalmente las investigaciones de Won-do creyendo que contribuía a un proyecto médico legítimo. Cuando descubrió la verdad, intentó reparar parte del daño, ayudando a supervivientes y protegiendo el secreto alrededor de Chae-ni.

Pero haber sido engañada no elimina completamente su responsabilidad.

Eso es precisamente lo interesante.

La serie no convierte el amor de una abuela en una absolución automática.

Jeon-bok debe reconocer que proteger también puede convertirse en controlar y que ocultar una verdad para evitar dolor puede provocar otro tipo de heridas.

Cuando moviliza a los vecinos de Haeseong para rescatar a Chae-ni, el personaje deja de intentar resolver todo desde el secreto y comienza a confiar en una comunidad.


Ha Won-do — Son Hyun-joo


Won-do representa exactamente lo contrario a los Wonderfools.

Los protagonistas son imperfectos y aprenden a aceptar esa imperfección.

Won-do está obsesionado con eliminarla.

Su Proyecto Wunderkinder nace de la búsqueda del ser humano extraordinario, de la idea de que la biología puede dividirse entre éxitos, fracasos y materiales defectuosos.

Los niños dejan de ser personas.

Son experimentos.

Variantes.

Sujetos.

Cuerpos que pueden descartarse si no cumplen con aquello que él esperaba.

Por eso su obsesión con la inmortalidad resulta coherente.

Won-do no ama la vida.

Ama la idea de vencer la muerte.

Y existe una diferencia enorme entre ambas cosas.

Chae-ni comienza la serie queriendo vivir porque sabe que puede morir.

Won-do está dispuesto a destruir miles de vidas porque no acepta que la suya tenga que terminar.

Ese contraste constituye el verdadero enfrentamiento ideológico de la serie.


Los Wunderkinder


Kim Pal-ho, Seok Ju-ran y Seok Ho-ran podrían parecer inicialmente simples ejecutores superpoderosos.

Pero sería injusto reducirlos a eso.

Todos fueron niños utilizados por Won-do.

Todos crecieron condicionados por alguien que mezcló la figura de científico, creador y padre hasta convertir el afecto en dependencia.

Ju-ran puede controlar la mente mediante la voz.

Ho-ran crea ilusiones.

Pal-ho domina la gravedad mientras su propio cuerpo se deteriora como consecuencia de aquello que le hicieron.

Sus poderes son impresionantes, pero ninguno de ellos es realmente libre.

Y eso los convierte en el espejo oscuro de los Wonderfools.

Los protagonistas encuentran una familia elegida que los ayuda a crecer.

Los Wunderkinder encuentran una familia coercitiva que los mantiene atrapados en el trauma.

Ambos grupos están formados por personas alteradas por circunstancias que nunca eligieron.

La diferencia está en qué hacen después.

Quizá la serie podría haber desarrollado más a Ju-ran y Ho-ran. Sus historias tenían suficiente potencial para recibir más espacio y, en algunos momentos, quedan demasiado subordinadas a Won-do.

Pero incluso así consiguen que el conflicto final no sea simplemente héroes contra villanos.

Es también víctimas enfrentándose a otras víctimas que aprendieron a sobrevivir de una manera diferente.



Estilo visual y sonoro


Una de las decisiones más acertadas de The WONDERfools es situar la historia en 1999.

No solo porque la estética Y2K resulta visualmente atractiva, sino porque esa época modifica completamente la forma en la que puede construirse un misterio.

No hay smartphones capaces de grabarlo todo.

No existen redes sociales donde publicar inmediatamente que alguien acaba de teletransportarse.

Las noticias viajan de otra manera.

Los rumores tienen más espacio para crecer.

Los archivos pueden desaparecer.

Las instituciones pueden ocultar información con mucha más facilidad.

Y una secta puede aprovechar el miedo al cambio de milenio sin encontrarse inmediatamente con miles de personas desmontando sus afirmaciones en internet.

Ese ambiente analógico da a Haeseong una personalidad muy concreta.

Televisores CRT, teléfonos antiguos, colores, peinados, carteles y ropa de finales de los noventa construyen una ciudad que parece suspendida justo antes de un enorme cambio.

La elección también permite que el Y2K funcione como metáfora.

Todo el mundo piensa que algo puede terminar cuando llegue el año 2000.

Mientras tanto, los protagonistas están empezando.

Visualmente, los Wonderfools están asociados con espacios más cálidos, colores vivos y una cámara mucho más inquieta. La comedia física necesita movimiento y Yoo In-sik no tiene miedo de utilizar primeros planos repentinos, desplazamientos rápidos o situaciones prácticamente de slapstick cuando el grupo intenta entender sus poderes.

En cambio, Won-do, la Iglesia de la Salvación Eterna y el laboratorio pertenecen a otro universo visual.

Los colores se vuelven más fríos.

Aparecen azules oscuros.

Las composiciones son más rígidas y simétricas.

La sensación de juego desaparece.

El mismo drama que unos minutos antes podía estar riéndose de alguien pegado a una puerta entra de repente en recuerdos de experimentación infantil, cirugía o deterioro corporal.

Ese contraste es parte de la personalidad de la serie, pero también una de sus mayores dificultades.

No siempre consigue pasar suavemente de un tono al otro.

Hay momentos donde la comedia resulta tan exagerada que la transición hacia el horror puede sentirse demasiado brusca. Y otras veces ocurre lo contrario: una secuencia emocionalmente muy dura termina seguida demasiado pronto por un gag.

Pero cuando el equilibrio funciona, funciona realmente bien.

Aquí los poderes no deberían verse perfectos.

Porque quienes los utilizan tampoco lo son.

Las diferentes localizaciones de Corea también se convierten en parte del lenguaje visual de Chae-ni. Playa de Sambong, Gyeongpo, Homigot, Geoje, Ulleungdo… Su teletransportación permite convertir paisajes muy alejados entre sí en parte de una misma secuencia.

Y eso refuerza otra vez la ironía del personaje.

Chae-ni soñaba con viajar.

La serie termina utilizando literalmente toda Corea como escenario de sus saltos.

El apartado sonoro sigue esa misma dualidad. Acordeones, flautas y pequeños detalles instrumentales acompañan la comedia, mientras que las escenas del laboratorio utilizan coros infantiles y una orquestación mucho más oscura. La acción incorpora guitarras, sintetizadores y metales, y los momentos íntimos se apoyan especialmente en piano, violín y chelo.

La música cambia tanto como la propia serie.

Porque The WONDERfools nunca quiere elegir entre ser una aventura absurda y una historia profundamente triste.

Quiere ser las dos cosas.



Banda sonora


La banda sonora, dirigida musicalmente por Kim Tae-seong, está formada por 37 pistas y funciona principalmente como una extensión del tono visual de la serie. No me parece una OST que necesite analizar canción por canción, porque gran parte de su valor está en cómo acompaña la acción, la comedia y el misterio más que en temas vocales destinados a quedarse fuera del drama.

La principal excepción es Flip My World — GIFT, la canción que mejor resume la transformación de los protagonistas. El propio título, «dar la vuelta a mi mundo», encaja perfectamente con personajes que descubren de un día para otro que prácticamente todo aquello que pensaban sobre sí mismos era incompleto. Lo que parecía una limitación se convierte en una posibilidad y las personas que se consideraban inútiles terminan descubriendo que pueden hacer algo extraordinario.

The WONDERfools (Opening Title) y su Children Choir Version condensan las dos caras de la serie. La primera recoge el componente aventurero y excéntrico del equipo, mientras que el coro infantil adquiere un significado mucho más oscuro cuando conocemos el pasado de los Wunderkinder y del laboratorio.

Temas como Lovable Fools, Us Together y Still Ordinary acompañan especialmente bien la construcción del grupo y esa idea fundamental de que adquirir poderes no elimina aquello que los hacía personas corrientes. Siguen siendo torpes, inseguros y bastante poco preparados; simplemente ahora lo son juntos.

Y en el lado más emocional, One Last Wish, Deeply, Don't Cry y Aurora aportan la parte más íntima de la historia, especialmente alrededor de Chae-ni, su miedo a morir y su deseo de conocer un mundo que durante años creyó fuera de su alcance.

La OST no intenta competir con la historia. La empuja cuando necesita acción, la vuelve inquietante cuando aparece el pasado y sabe hacerse más pequeña cuando lo importante son las personas.



Temas centrales


No ser inútil: simplemente no haber encontrado todavía dónde importas


Esta es, para mí, la idea que sostiene toda la serie.

Los protagonistas empiezan etiquetados como molestias.

Chae-ni es «el desastre de Haeseong».

Gyeong-hun es el pesado que presenta reclamaciones.

Ro-bin es el hombre al que todos pueden pisotear.

Un-jeong es un funcionario extraño incapaz de relacionarse normalmente.

Ninguno parece estar destinado a algo grande.

Pero The WONDERfools plantea una diferencia importante entre no tener valor y no haber encontrado todavía una situación donde puedas reconocerlo.

El cambio no ocurre porque los poderes los conviertan mágicamente en mejores personas.

Los poderes simplemente les dan una oportunidad de elegir.

Y ahí aparece el heroísmo.

No en lo que pueden hacer.

En lo que deciden hacer con ello.


Los poderes como heridas transformadas


Quizá sea la idea narrativa más sólida del drama.

Ningún poder es completamente aleatorio.

Chae-ni nunca pudo viajar y obtiene teletransportación.

Gyeong-hun miente y queda atrapado en sus mentiras.

Ro-bin reprime el dolor y se vuelve fuerte cuando acepta que algo lo ha herido.

Un-jeong controla sus emociones y posee una fuerza mental que se vuelve destructiva cuando ese control desaparece.

La serie convierte así el desarrollo personal en algo físico.

Para controlar sus habilidades necesitan comprenderse.

No pueden simplemente entrenar más.

Tienen que reconocer qué sienten, qué evitan y qué llevan años intentando ocultar.

Y me gusta mucho esa idea porque todos tenemos algo parecido, aunque no podamos teletransportarnos.

Hay partes de nuestra personalidad que podemos pasar años considerando defectos y que, dependiendo del contexto, pueden convertirse en otra cosa.

La sensibilidad puede doler.

Pero también permite entender a los demás.

La obstinación puede agotarnos.

Pero también puede impedir que abandonemos cuando algo importa.

Ser diferente puede hacernos sentir fuera de lugar.

Hasta que encontramos el lugar donde esa diferencia tiene sentido.


Vivir frente a ser inmortal


Chae-ni y Won-do quieren aparentemente lo mismo.

Más tiempo.

Pero lo desean por razones completamente opuestas.

Chae-ni quiere vivir porque siente que apenas ha empezado.

Quiere conocer lugares.

Tomar decisiones.

Equivocarse.

Enamorarse.

Tener una vida que le pertenezca.

Won-do quiere evitar la muerte porque no acepta ninguna limitación sobre sí mismo.

Para Chae-ni, vivir significa experimentar.

Para Won-do, vivir significa durar.

Y la serie termina defendiendo algo sencillo: la duración de una vida no determina su valor.

Won-do está dispuesto a sacrificar incontables vidas para alcanzar la eternidad.

Chae-ni está dispuesta a arriesgar la suya para salvar Haeseong.

Uno quiere existir para siempre.

La otra descubre por qué merece la pena estar viva.


Familia elegida frente a familia impuesta


Los Wonderfools y los Wunderkinder son dos versiones opuestas de una familia.

Los protagonistas discuten, desconfían, se traicionan y necesitan aprender a perdonarse. Nadie los obliga a permanecer juntos.

Por eso cuando lo hacen tiene valor.

Los Wunderkinder, en cambio, fueron niños abandonados que necesitaban desesperadamente una figura de afecto. Won-do utiliza esa necesidad para convertirlos en dependientes.

Lo llaman padre.

Esperan veinte años su regreso.

Obedecen incluso cuando su propio cuerpo está destruyéndose.

No porque hayan encontrado una familia.

Porque alguien convirtió su necesidad de tenerla en una herramienta de control.

La serie recuerda que una familia no se define únicamente por quién dice quererte, sino también por si ese amor te permite ser libre.


Culpa y responsabilidad


Chae-ni vive gracias al corazón de otro niño.

Un-jeong provocó el incendio del laboratorio.

Jeon-bok financió inicialmente los experimentos sin comprender su verdadera naturaleza.

Los tres podrían pasar el resto de sus vidas castigándose.

Pero la serie plantea una pregunta más útil:

¿Qué haces ahora?

No puedes devolver el corazón.

No puedes borrar el incendio.

No puedes recuperar la infancia de los Wunderkinder.

Puedes asumir que ocurrió.

Decir la verdad.

Ayudar a quienes siguen aquí.

Evitar que vuelva a pasar.

La responsabilidad mira hacia delante.

La culpa puede quedarse mirando eternamente hacia atrás.


Ciencia, eugenesia y la obsesión por corregir la imperfección


Ha Won-do mira a los niños como materiales.

Unos funcionan.

Otros no.

Algunos son prometedores.

Otros pueden descartarse.

Su proyecto es una forma extrema de una idea bastante más cotidiana: pensar que una persona que no cumple determinados estándares está defectuosa.

La serie desmonta esa lógica construyendo héroes precisamente a partir de lo imperfecto.

Los poderes de los protagonistas son defectuosos.

Sus personalidades también.

Y funcionan porque se complementan.

La respuesta a la imperfección no es eliminarla.

Es aprender qué podemos hacer juntos con ella.


El miedo al fin del mundo


La ambientación Y2K permite utilizar un miedo real de finales de los noventa como terreno para la manipulación.

La Iglesia de la Salvación Eterna crece porque ofrece certezas a personas asustadas.

Haeseong vive rodeada de rumores.

La llegada del año 2000 parece capaz de traer una catástrofe.

Y Won-do aprovecha precisamente ese clima.

La serie entiende que las personas no siempre buscan explicaciones porque sean verdaderas.

A veces las buscan porque tienen miedo.

Y alguien dispuesto a ofrecer una respuesta sencilla puede conseguir muchísimo poder sobre ellas.


La verdad


El poder de Gyeong-hun convierte este tema en una broma constante, pero toda Haeseong está construida sobre mentiras.

El laboratorio fue ocultado.

Los experimentos fueron enterrados.

Las desapariciones fueron ignoradas.

Jeon-bok escondió información.

Un-jeong pasó años sin contar quién era.

La Iglesia utiliza una mentira para manipular a la ciudad.

Y hasta el vertedero contaminado llevaba tiempo siendo denunciado por alguien a quien nadie quería escuchar.

Al final resulta que el pesado de Gyeong-hun tenía razón.

Y eso también es bastante divertido.

La catástrofe sobrenatural empieza con un problema absolutamente normal: las autoridades ignoraron una denuncia medioambiental porque quien la hacía resultaba molesto.


Ser héroe aunque nadie lo recuerde


Uno de los detalles que más me gustan del final es que salvar Haeseong no convierte al grupo en celebridades.

La población no conserva una memoria clara de todo lo ocurrido.

No hay medallas.

No existen millones de seguidores.

Nadie empieza a vender muñecos de los Wonderfools.

Simplemente vuelven a su vida.

Y eso encaja perfectamente con lo que la serie quiere contar.

Una buena acción no necesita público para tener valor.

Gyeong-hun no necesita que toda Corea piense que es un héroe.

Le basta con que su hija lo vea de otra manera.

Los demás saben lo que hicieron.

Ellos saben quiénes fueron cuando llegó el momento.

A veces eso es suficiente.


El nuevo milenio como una segunda oportunidad


El 2000 no destruye el mundo.

Pero cambia el de ellos.

Chae-ni deja de vivir únicamente como una mujer enferma.

Un-jeong deja de ser solamente el sujeto 3972.

Ro-bin deja de aceptar que cualquiera puede pisotearlo.

Gyeong-hun deja de esconderse completamente detrás de sus mentiras.

El mundo no termina.

Termina una versión de ellos.

Y empieza otra.



Lo que enseña la serie


Creo que The WONDERfools enseña algo bastante bonito sobre cómo medimos nuestro propio valor.

Pasamos demasiado tiempo comparándonos con versiones ideales de aquello que creemos que deberíamos ser.

Más fuertes.

Más valientes.

Más exitosos.

Más seguros.

Más interesantes.

Más capaces.

Y cuando no encajamos en esa imagen, es fácil empezar a pensar que quizá somos simplemente menos.

Los personajes de esta serie empiezan precisamente ahí.

No se sienten héroes porque no se parecen a ninguno.

Pero quizá ese sea el problema.

Estamos intentando definir el heroísmo antes de encontrarnos en una situación donde tengamos que elegir.

Chae-ni no se convierte en heroína porque pueda teletransportarse.

Podría utilizar el poder exclusivamente para terminar su lista de viajes.

Ro-bin podría emplear su fuerza únicamente para vengarse de quienes lo han tratado mal.

Un-jeong podría desaparecer y continuar ocultándose.

Gyeong-hun podría seguir mintiendo.

El poder no convierte automáticamente a nadie en mejor persona.

Simplemente amplía las posibilidades.

La decisión sigue siendo nuestra.

Y esto puede trasladarse perfectamente fuera de cualquier historia de superhéroes.

Quizá muchas veces pensamos que necesitamos algo extraordinario antes de poder cambiar.

Más confianza.

Más dinero.

Una oportunidad mejor.

Otra relación.

Otro trabajo.

Una versión distinta de nosotros mismos.

Y puede que parte de crecer sea descubrir que no siempre necesitas convertirte en alguien nuevo.

A veces necesitas utilizar de otra manera aquello que ya eres.

También me parece importante lo que la serie cuenta sobre el dolor.

Ro-bin no consigue ser fuerte negándolo.

Necesita reconocer que algo lo hirió.

Un-jeong no controla verdaderamente su trauma simplemente encerrándolo.

Gyeong-hun no se libera hasta decir la verdad.

Chae-ni deja de vivir únicamente cuando acepta que puede morir.

Todos avanzan cuando dejan de huir exactamente de aquello que más miedo les daba mirar.

Eso no significa que el dolor sea un regalo.

No creo que la serie diga eso.

Lo que dice es algo diferente: aquello que te ocurrió no tiene por qué decidir para siempre lo que puedes hacer con tu vida.

Y quizá una de las mayores diferencias entre los Wonderfools y los Wunderkinder esté ahí.

Todos fueron cambiados por circunstancias que no eligieron.

Unos encuentran personas con las que aprender a vivir.

Otros permanecen atrapados junto a quien convirtió su herida en una identidad.

La comunidad no soluciona todos los problemas.

Pero tener a alguien que te recuerde quién eres cuando tú empiezas a olvidarlo puede cambiar muchísimo.



Reflexión final


Hay algo profundamente irónico en que The WONDERfools sea una serie de superhéroes protagonizada por gente que pasa gran parte de la historia sin sentirse especialmente extraordinaria.

Y quizá precisamente por eso me funciona.

Nunca me han interesado únicamente los personajes que saben exactamente qué deben hacer.

Muchas veces me resultan mucho más cercanos quienes dudan, se equivocan, reaccionan mal, sienten miedo y aun así encuentran una manera de continuar.

Los Wonderfools son exactamente eso.

No son el equipo que elegirías para salvar el mundo.

Probablemente ellos tampoco se elegirían.

Y sin embargo terminan salvando Haeseong.

Me gusta pensar que la serie habla, en el fondo, de todas esas veces en las que podemos sentir que no tenemos nada especialmente importante que ofrecer.

Porque quizá estamos buscando el valor en el lugar equivocado.

Chae-ni lleva toda su vida pensando en su corazón como un problema.

Es aquello que le impide viajar.

Aquello que obliga a su abuela a vigilarla.

Aquello que puede detenerse en cualquier momento.

Y ese mismo corazón termina convirtiéndose en aquello que le permite ir a cualquier parte.

No porque su enfermedad fuera algo bueno.

No porque el sufrimiento necesitara ocurrir para hacerla especial.

Sino porque su historia no termina en aquello que la limitaba.

Eso cambia completamente la lectura.

Una herida puede seguir siendo una herida y, aun así, dejar de definir únicamente lo que no puedes hacer.

Lo mismo ocurre con Ro-bin.

Su sensibilidad no desaparece.

Gyeong-hun no se convierte de repente en el hombre más sincero del planeta.

Un-jeong no deja de cargar con veinte años de trauma.

Ninguno termina convertido en una versión perfecta de sí mismo.

Y me alegra.

Porque muchas veces la ficción utiliza el crecimiento personal como una especie de transformación absoluta: después de aprender la lección, el personaje deja atrás aquello que era.

La vida rara vez funciona así.

Seguimos siendo nosotros.

Solo que entendemos un poco mejor por qué hacemos determinadas cosas.

Quizá reaccionamos de otra manera.

Quizá pedimos perdón antes.

Quizá dejamos de esconder algo.

Quizá aprendemos que pedir ayuda no significa fracasar.

Eso ya es bastante.

También me gusta mucho el contraste entre Chae-ni y Won-do.

Ella ha vivido siempre pensando que puede morir.

Él está dispuesto a destruir vidas enteras para evitar su propia muerte.

Y cuanto más avanza la serie, más evidente resulta que vivir mucho y estar realmente vivo no son exactamente lo mismo.

Chae-ni quiere ver el mundo.

Reír.

Discutir.

Viajar.

Querer.

Equivocarse.

Volver.

Won-do solamente quiere continuar existiendo.

Puede que esa sea una de las preguntas más interesantes que deja la historia.

No cuánto tiempo tenemos.

Sino qué hacemos con él.

Y entonces está el final.

Chae-ni aparentemente se sacrifica alejando el dirigible de Haeseong.

Todo parece indicar que ha desaparecido.

Sus amigos organizan un memorial.

Y tres semanas después regresa sucia, agotada y enfadada porque su teletransportación volvió a fallar y ha tenido que recorrer parte del camino de vuelta prácticamente por sus propios medios.

Es absurdo.

Y me parece perfecto.

Porque después de ocho episodios descubriendo poderes, laboratorios secretos, conspiraciones, inmortalidad y amenazas apocalípticas, la serie termina recordándonos algo muy sencillo:

incluso cuando tienes superpoderes, hay caminos que tienes que recorrer andando.

Quizá crecer sea exactamente eso.

Descubrir que no existe una habilidad que pueda llevarte directamente al lugar donde quieres estar.

Puedes tener ayuda.

Puedes encontrar personas que caminen contigo.

Puedes descubrir capacidades que no sabías que tenías.

Pero parte del camino sigue siendo tuyo.

Y no pasa nada si lo recorres torpemente.

Los Wonderfools también lo hacen.

Al final nadie en Haeseong levanta una estatua en su honor.

La mayoría ni siquiera sabe realmente lo que ocurrió.

Pero ellos sí.

Saben que cuando llegó el momento tuvieron miedo y aun así estuvieron allí.

Y quizá ser héroe no tenga mucho más misterio.

No ser la persona más fuerte.

Ni la más valiente.

Ni la más preparada.

Simplemente ser alguien que, cuando puede ayudar, decide intentarlo.

Aunque salga mal.

Aunque nadie lo recuerde.

Aunque tengas que regresar caminando.

Porque quizá la pregunta que The WONDERfools deja después de toda su locura sea mucho más sencilla que cualquier historia sobre superpoderes:


¿y si aquello que llevas tanto tiempo considerando un defecto solo estaba esperando el momento adecuado para demostrarte de qué eres capaz?





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